Las disputas en la cúpula de Podemos no han alcanzado el nivel de las peleas de barrio, porque siempre han buscado la cobertura de una retórica prolija e incluso de algunos argumentos, pero tampoco han estado a la altura de un juego de tronos o de tronío. La verdadera dimensión del conflicto no la refleja una foto, ni siquiera la de los dos líderes, juntos en el Congreso, con cara de estar partiendo peras (en el doble y contradictorio significado de la expresión). Ni siquiera la expresan las discrepancias reconocidas y envueltas en disculpas y perdones de los máximos dirigentes podemitas a sus caros colegas. Lo definitivo han sido los relatos de la crisis que han suscrito personas tan estrechamente vinculadas a la formación como Carolina Bescansa y Luis Alegre. Ahí, pese a la militancia mantenida, no hay ambages ni excusas.

En los primeros momentos de la disputa se apreciaban estilos diferentes que estimulaban distintas afinidades, el aguerrido de Pablo Iglesias y el académico de Íñigo Errejón; la oratoria beligerante del primero y el tono polemista del segundo. Había más táctica que estrategia en uno y más estrategia que principios en otro y ambos aspectos remitían a un conflicto de técnicos en tránsito hacia la lucha por el control y el poder. Nada nuevo y, si no cierto, necesario.

Errejón, es cierto, había aguantado algunos desaires: la irrupción de Iglesias al frente del equipo negociador con el PSOE retirándole la voz que antes tenía o la destitución de los principales líderes del movimiento en la Comunidad de Madrid afines a su línea. Por esa vía llegó un momento, en apariencia irrelevante, altamente simbólico, porque indicaba hasta qué punto la pelea podía acabar en el barro. Alguien puso sobre la mesa una nueva identidad del grupo del secretario político, denominándolo como el de “Íñigo y Tania”, unidos sin causa, con alusiones a otros tiempos más discretos. ¿Qué se quería decir, qué se daba a entender, qué justificación tenía, cómo ignorar la procedencia de tamaño “argumento”? Pudo ser el desliz, excusable o no, de una íntima colaboradora de Pablo Iglesias; pudo serlo, hasta que este refrendó la expresión acusadora.

A partir de ahí el malestar fue creciendo. Y la división aumentando. Y hasta las cañas empezaron a ser lanzas. Y las contradicciones, ejercicios de honestidad. Errejón ha abusado simultáneamente de las disculpas por la falta de entendimiento y de la falta de entendimiento. Iglesias ha llevado a su formación hacia el dilema excluyente, o todo yo o nada de mí, aunque de ese modo reclamaba exactamente lo contrario de lo que había asumido para su candidato a la secretaría general de Madrid, donde no le importó perder en varias votaciones el programa para ganar en una sola el cartel. Ahora reclama el programa, puesto que nadie le discute el cartel.

El debate imprescindible que en su origen resultaba estimulante, la discrepancia vital en torno a los instrumentos convenientes para la aplicación de los principios compartidos, la visibilidad de una discusión que reclamaba la participación de los militantes… enriquecían el ejercicio de la política. Hasta que el batiburrillo, la reiteración y el enojo de unos u otros, pese al esfuerzo hierático de alguno, acabó por remitir a las ambiciones propias de la política otrora tan denostada.

Llegados a este punto, ahora, en este tiempo, ¿qué cosa (es) Podemos?

La actualidad internacional, desde Trump a la Francia desmembrada, desde Rusia a Italia, desde Holanda a tantos países del antiguo sistema soviético ponen en evidencia que hay tendencias comunes en esa sociedad que mira pero no entiende sobre la que, en alguna medida, se asienta Podemos. También sobre esa tendencia a renegar de la representación con el argumento de que la elección directa garantiza, si no el derecho de devolución, al menos, el recambio; la que reclama lo que Máriam Martínez-Bascuñán llama Candidatos líquidos, por más duros que se pongan.

Todos somos poca cosa o, como mucho, lo que Podemos.

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