Toca esperar.

Pedro Sánchez se afanó durante la sesión de investidura en responsabilizar a todos los partidos del previsible fracaso y, en consecuencia, de la posible repetición de elecciones. Pero la maniobra previa, en la que señaló la responsabilidad exclusiva de Pablo Iglesias en el desacuerdo, le dejó al descubierto en el momento en que el dirigente de Unidas Podemos se retiró dela pugna por un puesto en el ejecutivo. El debate formal en el Parlamento no alivió al candidato del abismo que él mismo había alentado. El ventilador con el que trató de que acusar al resto de las formaciones, aunque razonable, fue sorteado con descaro por los colonizadores de Colón -que no vieron contradicción alguna en obligar a su rival a buscar apoyos en las formaciones más denostadas por ellos– y rechazado con contundencia y enfado por Podemos. En esa tesitura Sánchez tuvo que tentarse la ropa con las advertencias del propio Iglesias (“sin acuerdo, usted nunca será presidente”) y de Rufián, que le advirtió del riesgo de que unas nuevas elecciones devolvieran el poder a los “trillizos”.

Carmen Calvo interrumpió la sesión oficial con una comparecencia urgente ante los medios para dar una de cal y otra de arena, Adriana Lastra ayudó en su intervención previa al cierre de la sesión y Podemos cambió el voto negativo por una abstención que obligó a Sánchez, Calvo, Montero (María Jesús), Ábalos, Lastra y Redondo a dar una vuelta al calcetín. Pronto sabremos si los posibles socios se sienten cómodos o acaban pateando el trasero del candidato a presidente.

Solo el acuerdo salva a ambas partes. Luego, si llega, empezará otra historia. No menos ardua y tensa.

Unos y otros deberán acordar un programa general de gobierno y otro, asimismo consensuado, ministerio a ministerio. Unos y otros deberán aprender a ser leales aceptando el rumbo coordinado y dirigido por el presidente –a fin de cuentas el Parlamento solo le inviste a él. Todos los nominados deberán asumir criterios comunes de representación y protagonismo ante la opinión pública. Y tal vez, aceptar mecanismos de control que refuercen ampliamente la actual comisión de subsecretarios y actitudes inequívocas de corresponsabilidad ante el Parlamento y los medios.

O sea, conseguir un gobierno que toque una partitura. ¿Se salvaría esta prueba si se sortea el complicado preámbulo en que unos y otros parecen atascados? ¿Y si eso no está claro, merece la pena empeñarse en deshacer el actual embrollo? ¿Hay, en fondo, salida?

 

 

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