Un año más, la Academia de Hollywood ha organizado ese extraordinario espectáculo publicitario que son los Oscar, destinado a vender y revender sus películas hasta en el más remoto rincón del mundo. Como los Goya, vamos, pero a escala planetaria y sin presencia de ministros, que maldita la falta que les hacen. Se bastan ellos solos para manejar el negocio, y si algún súbdito lejano se les resiste, aunque sea un poquito, ahí están sus autoridades ‘democráticas’ para imponer aranceles, dar órdenes a los gobiernos satélites de los países en cuestión y hasta boicotear, si fuera preciso, la distribución y exhibición de sus películas donde hiciera falta, sabiendo que eso provocaría tal síndrome de abstinencia en las masas hambrientas de ‘entretenimiento’, que haría tambalear al gobierno en cuestión. Pues buenos son los estadounidenses a la hora de defender sus intereses, en nombre de la sagrada libertad (la suya, claro), aunque sea a costa de las libertades y los intereses de los demás. Y si no, que se lo pregunten a algún superviviente de los primeros gabinetes de Adolfo Suárez, que intentó ordenar un poco el mercado cinematográfico español y tuvo que vérselas con un gángster llamado Jack Valenty, entonces presidente de la MPAA (que no significa Me Paso Aquello por Aquí, como pudiera parecer, sino Motion Pictures Asociation of America, o sea, los jefes de la banda).

Un amigo que por aquellos años tuvo la oportunidad de asistir a la fastuosa ceremonia hollywoodiense me contó algunos detalles que quizá merezca la pena recordar hoy, cuando los medios de comunicación más influyentes se desgañitan y nos agobian aireando machaconamente los títulos y nombres de quienes se han alzado con las dichosas estatuillas, que mira que son feas las puñeteras, dignas de competir en eso con nuestros ‘cabezones’ goyescos, aunque dotadas de más connotaciones fálicas y auríferas, que tampoco allí es oro todo lo que reluce.

Me contó, por ejemplo, que el invento del Oscar a la mejor película de habla no inglesa (que así se llama, y no ‘película extranjera’, porque ahora ya no hay de eso, gracias al libre mercado, la globalización y demás inventos semánticos. Por cierto, ¿por qué le llamarán globalización al imperialismo de toda la vida? A ver si un día de estos nos lo explican expertos en el asunto como Juan Luis Cebrián, Felipe González y Cía, S.A.) era una hábil maniobra de mercadotecnia, para conseguir que todo el mundo siguiera la retransmisión, a ver si le caía ese premio de consolación o pedrea a la película de su país o de alguno cercano. No me dirán que no son listos, los jodíos…

Me contó también que, como para votar en esa categoría los académicos tenían que certificar que habían visto todas las candidatas, sólo votaban los ancianitos y los desocupados que disponían de tiempo suficiente para perderlo en tales menesteres. De ahí que ganasen con frecuencia las protagonizadas por personajes de edad avanzada y rebosantes de sentimentalismo, como por ejemplo el Antonio Miguel Albajara de Volver a empezar, de José Luis Garci. Un argumento todavía más duro y descalificador que el inventado por Jordi Évole y su gente en la estupenda Operación Palace, desde luego.

Y conste que mi amigo pudo comprobar que no había truco en las votaciones, que lo del famoso notario –o registrador de la propiedad en excedencia, ya no recuerdo lo que me dijo– era verdad y que nadie sabía de antemano el resultado, entre otras razones porque si se supiera no acudirían los perdedores, cuyas caras de decepción o de fingida alegría y compañerismo tienen más morbo y dan mucho mejor como espectáculo que los histéricos grititos de alegría de los vencedores.

Me habló asimismo de la pasta que había que soltar durante los días previos a las votaciones para que los medios de Los Angeles hablasen de la película no inglesa en cuestión, para organizar festejos de promoción y para que asistieran a ellos algunas estrellas de relumbrón que los convirtieran en ‘noticias’. Previo pago de su importe, claro está, a las figuras, a sus intermediarios y a un sinfín de comisionistas.

Me refirió igualmente que cuando pudo acceder al teatro donde se celebraba la ceremonia, observó estupefacto que a los lados del escenario había unas pantallas que daban órdenes tajantes a los espectadores: «Aplaudan», «Miren al frente» y cosas por el estilo. Además de tener que aguantar estoicamente las pausas publicitarias, puesto que el show está pensado para su emisión televisual, y los asistentes de verdad importan muy poco. Porque los equipos de las películas participantes, los mangantes –perdón, magnates– de la industria y otros enchufados entraban gratis, pero los de a pie que podían permitírselo tenían que pagar un disparate… para verse tratados después como simples extras obedientes, o como asistentes a algún programa ‘en directo’ y espontáneo de nuestras televisiones, públicas y privadas.

Para más escarnio, aquel año el espectáculo incluía a un actor que hablaba en el escenario… con un muñequito de dibujos animados, insertado naturalmente desde la mesa de realización y que los espectadores reales no podían ver, con lo que el número resultaba inexplicable y absurdo. Por cierto –menuda víbora, mi amigo– que aquella circunstancia le dio pie a descubrir que un conocido comentarista cinematográfico, que había ido hasta allí pagado por su cadena, se había tenido que limitar a verlo por televisión, porque cuando se encontraron en el hotel, a la vuelta del espectáculo, le comentó entusiasmado: «¡Qué bueno lo del pato Donald!, ¿no?», delatándose tontamente.

También me contó mi amigo, abundando en la falsedad intrínseca de la ceremonia oscarense, que en un momento de la misma, un vecino de butaca tuvo que ir al servicio, porque la cosa duraba más de tres horas, y enseguida un jovencito muy bien trajeado ocupó su lugar. Cuando mi amigo le indicó cortésmente que estaba ocupado, el otro le explicó con displicencia: «Ya lo sé. A mí me pagan, como a otros muchos que hay escondidos detrás de las cortinas, para rellenar momentáneamente los sitios vacíos, de modo que no aparezcan así cuando las cámaras apunten al patio de butacas». Toma ya veracidad documental en vivo y en directo, para que aprendan de una vez los que han simulado escandalizarse con la citada Operación Palace.

Frente a tan formidable maquinaria propagandística, que les dará nuevos ríos de oro en los próximos meses, con independencia de la calidad e interés de las películas premiadas, ya me dirán qué pueden hacer las cinematografías de países dependientes como el nuestro, cuyos gobiernos satélites no sólo no las protegen como deberían, sino que las castigan con impuestos disparatados y otras decisiones salvajes en su reaccionarismo primario. Pero de eso, del cine español, de su situación y su futuro, hablaremos otro día, cuando pase la fiebre de los Oscar.

A todo esto, ¿qué quiénes se llevaron anoche las dichosas estatuillas? Pues no lo sé todavía, la verdad. Yo me fui a la cama, que una tiene cosas mucho más interesantes que hacer a esas horas.

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