Cartas para navegar por la obra de Landero

Han pasado más de seis años desde que Luis Landero se declaró “reñido con la literatura, saturado de ficción”. Lo proclamó en El balcón en invierno de manera tan inequívoca como la que corresponde a un narrador: “Esta vez no hay mentiras. Es un libro donde todo lo que se dice es verdad”, decía entonces. Después vinieron La vida negociable y Lluvia fina para corregir aquella tentación de huida de lo exclusiva y aparentemente inventado.

Ahora llega, para salir de dudas, El huerto de Emerson (Tusquets, 2021), donde Landero vuelve a su infancia –el principio de todo– y a los libros –el sustento sobre el que germinará aquella semilla– y definitivamente a la imaginación que define la identidad de la obra del escritor extremeño. Este libro ofrece las cartas de navegación para surcar su obra, genuina y extraordinaria.

En Luis Landero la realidad y la ficción se complementan; su obra se nutre de su propia peripecia personal, estimulada por sus lecturas y reelaborada a través de la imaginación. Es la obra de un chico de pueblo, que se hizo lector, antes que profesor y, en última instancia, escritor. Esos son los contornos de El huerto de Emerson, el espacio genuino de Landero sobre el que reflexiona en su última y reciente obra.

La referencia a Ralph Waldo Emerson invita a pensar, como ha explicado Landero, que “todos somos originales, todos tenemos un lugar en el que descubrir el mundo. Es un regalo, pero tenemos que cultivar nuestras lechugas, lo que sea, pero lo nuestro. En este libro lo que ofrezco son los frutos de mi huerto personal, lo que he leído, lo que he escrito, lo que he enseñado”.

De esa manera los protagonistas de la infancia se reflejan en Ulises o en personajes de Kafka o Stendhal y se mueven a través de las reflexiones del autor en torno a la creación o la escritura. Esa es la identidad, el huerto, del autor. Y por eso esta obra resulta algo más que un nuevo capítulo de su estimulante trayectoria.

Hay otro factor que también explica la referencia a Emerson y que resulta especialmente significativo. Todo lo que el autor propone es fruto de al sorpresa, de su formidable capacidad para el asombro. Y así, en el fondo del relato, aparecen  Aristóteles (“Los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por el asombro”), Platón (“Ese sentido del asombro es lo típico del filósofo”) o Schopenhauer («Ningún ser, salvo el hombre, se sorprende de su propia existencia».

Luis Landero cautiva por su naturalidad, su sentido del humor e incluso por la capacidad poética a través de sus personajes y sus reflexiones. También por empeño en ofrecer una mirada leve y reposada sobre lo sencillo y lo cotidiano, la que le permite descubrir la trascendencia de lo liviano.

Para quienes le reconocemos como un narrador extraordinario, no nos costará aceptar que Luis Landero define en El huerto de Emerson de manera admirable su propio huerto y alcanza el secreto que alentaba en sus clases: “Prologar la infancia, juntar al niño que uno fue con el hombre experimentado y hasta sabio que uno ha llegado a ser, en eso consiste el secreto del arte y de la lucidez, tal como tantas veces les recordaba a mis alumnos”.

¡Qué gozado tenerle de maestro más allá de las aulas!

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