Palabras contra la pérdida de la palabra

En la senda abierta por El Sistema (2016) Ricardo Menéndez Salmón vuelve a plantear una reflexión sobre la sociedad en la que vivimos a partir de una distopía en muchos aspectos ya anunciada. Horda (Seix Barral, 2021) habla de un mundo en el que la primacía de la imagen sobre el argumento ha alcanzado un punto extremo: los niños han desplazado del poder a sus mayores y han impuesto el Magma, un sistema de control despótico, basado en el predominio absolutista de imágenes y en la exclusión de la risa y la palabra bajo la amenaza de los controles de experiencia (una especie de vaciamiento mental) y el Tesauro (un artefacto de ejecución directa).

Los críticos acuden otros relatos precedentes amplificados en muchas ocasiones a través de recreaciones audiovisuales. Así se advierte la sombra de los clásicos Huxley y Orwell o los más próximos Margaret Atwood o William Gibson. En Horda el protagonista (Él), seducido por una mujer lectora superviviente en su escondite, se rebela contra la norma tan solo acompañado por un mono, tal vez símbolo de los orígenes de la condición humana, en una huida permanente hacia la soledad.

Horda representa la aberración de un mundo sin palabras desde la reivindicación de la palabra. Y lo hace a través de una narración quirúrgica, matemática, que, aún a riesgo de parecer excesivamente rotunda, se ofrece cargada de sugerencias contrapuestas a la realidad que se describe que invitan a recrear un mundo mucho más rico y complejo que el real. Esa es la gran paradoja que plantea esta nueva obra de Menéndez Salmón: iluminar la realidad a través de la palabra para impedir su pérdida de relevancia en la sociedad actual e incluso su desaparición, la que prefigura la distopía del autor asturiano.

La importancia de la reflexión de Menéndez Salmón no se limita al menoscabo creciente del argumento o la palabra y su sometimiento al dominio de las imágenes, sino que también plantea su deterioro en buena parte de vida pública, ya sea en el ámbito de la comunicación o en el de la política.

Superada la dificultad preliminar para interiorizar el nuevo mundo en el que el autor quiere sumergir al lector, Horda es un homenaje cautivador en favor de la palabra. Un relato, pues, de lectura pausada y digestión lenta que anima a hablar antes y después de reír.

La mujer lectora que aparece fugaz, pero decisivamente en la obra, se lo dice a Él: “Debe decidir. Cruzar el límite o continuar como antes. O es posible que ya no siquiera le quede la opción de escoger. Que, si está aquí, asustado, con la respiración agitada y el semblante comido por la vergüenza, es porque solo tiene preguntas y ninguna palabra con que articularlas, y porque el hecho de oírme hablar le provoca algo parecido al espanto y, a la vez, le regala una promesa de libertad que creía imposible. Y aunque yo no puedo ayudarle, sí puedo decirle que somos muy pocos, poquísimos en realidad, pero que resistimos a este lado del discurso, a este lado de la alegría, y que confiamos en sobrevivir de día en día, de año en año, pasando la palabra y la risa como lámparas que se entregan de viajero a viajero, una comunidad silenciosa solo en apariencia, guardiana de un mundo que existió y fue castigado”.

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