Varias vidas con distintas voces

A Kirmen Uribe le sedujeron la personalidad de Rosika Schimmer y la sorpresa de las 127 cajas en que su biógrafa Edith Winner guardó textos, cartas, fotografías y notas. Unos materiales que, tras 40 años de trabajo, encerró sin haber concluido la tarea en que parecía empeñada. Con el ánimo de rescatar la personalidad de Rosika y la sorpresa de Edith, Kirmen Uribe concurrió a la convocatoria de becas para la creación literaria de la Universidad de Columbia, a sabiendas de que su deseo tenía escasas posibilidades de fructificar: un personaje perdido en la memoria para un texto en euskera con solo tres becas en juego.

Ocurrió lo imprevisible. Kirmen Uribe estuvo becado durante dos años en la Universidad de Columbia –un centro que impone a sus alumnos en el primer año de cualquier carrera o especialidad el estudio de los clásicos–, dedicado a recuperar la vida de una mujer húngara, sufragista, feminista y, por encima de todo, pacifista a carta cabal, incluso contra sus propios intereses, en los años de la primera Guerra Mundial.

A partir de ahí surge La vida anterior de los delfines (Seix Barral, 2022), una narración en la que confluyen la búsqueda acerca de Rosika Schimmer con la experiencia cotidiana de la migración, la pandemia, la memoria e incluso el proceso creativo. Esta es una de las líneas dominantes de un relato formidable a cargo de un autor que ya había reclamado la atención, aparte de por su obra poética, por Bilbao-Nueva York-Bilbao (2008) y Lo que mueve el mundo (2012).

La vida anterior de los delfines no solo conecta con esos precedentes sino también con otros ajenos, como Viaje a Nevada, del también vasco y euskaldun Bernardo Atxaga, donde la beca, la familia, la estancia en Estados Unidos y Euskadi al fondo, se interrelacionan y retroalimentan. La extraordinaria personalidad de Rosika Schimmer centra la atención, porque de ella se derivan cuestiones de enorme valor: la reivindicación de la desobediencia y la insumisión, la alianza natural entre pacifismo y feminismo, la interiorización del relato ajeno a partir de las experiencias personales, el valor del fracaso que invita a mejorar y el de la insistencia cuando asiste la razón; la dignidad de la rebeldía (ya sea la de Schimmer o la de las abortistas de Basauri); el sentimiento de patria y su engarce con los ideales progresistas, la manera de afrontar los objetivos de fondo con una estrategia integradora como la que llevó a Schimmer a buscar acuerdos con el presidente Thomas Woodrow Wilson (con mínimo resultado) y el superempresario Henry Ford (roto este último, a la postre, tras un largo acercamiento).

El primer libro de La vida anterior de los delfines resalta todo eso, pero la obra adquiere una dimensión mucho mayor en el segundo y tercer libros. Quienes hasta entonces fueron una referencia familiar, se convierten en protagonistas y autores del relato. La realidad se observa desde una perspectiva tan diferente que cambian los narradores y, con ellos, el estilo. El punto de vista y el lenguaje se transforman. De manera admirable. A Kirmen Uribe le suceden Uri, Nora, Unai y Ana. Con ellos el relato asume una nueva mirada. La voz de Nora deslumbra. Lo íntimo desborda lo anecdótico. Y el lector queda definitivamente atrapado en un lenguaje y una narración que que invita a la reflexión y a la emoción. En estos precisos tiempos.

 

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