El predominio de la imagen en el proceso de comunicación actual condiciona de manera decisiva el sistema de convivencia o, si se quiere, el debate ciudadano, la comprensión de los problemas que nos afectan de manera más grave y directa y, por supuesto, la política. Este hecho desvirtúa incluso a algunos de los objetivos que, de manera casi unánime, se reclaman.

 

Por eso merece la pena el artículo de Manuel Cruz, Las opacidades de la transparencia, publicado en El País; sobre todo, en los siguientes párrafos.

“La obsesión por la visibilidad que se desprende de valorar sin matices la transparencia ha terminado por afectar a todas las esferas de lo real, provocando efectos de desigual calidad e importancia. En el caso de la vida pública, no cabe duda de que dicha obsesión ha actuado como un elemento de refuerzo a la creciente tendencia a la espectacularización de la política a la que ya me he referido en alguna otra ocasión. Así, hemos pasado de la exigencia, completamente legítima, del control de los comportamientos de los responsables políticos en lo tocante a sus funciones, a la exposición en la plaza pública de todos los aspectos de su biografía o de su vida personal, dimensiones estas últimas en muchos casos por completo superfluas.

“Tal vez una forma gráfica de ejemplificar dicho desplazamiento sea mostrando la distancia que separa un caso como el de Wikileaks de otro como el protagonizado en su momento por Bill Clinton con Mónica Lewinsky. Se observará que lo que se pierde en el camino entre ambos es la política en cuanto tal. El primer caso permite una reflexión crítica acerca de la realidad de los actuales aparatos de Estado, del poder de los servicios secretos, de la invasión de los Gobiernos en la intimidad de los ciudadanos, etcétera. El segundo, en cambio, posibilita un análisis político francamente limitado, que no parece que dé muchos más de sí que una genérica reflexión acerca de la relación entre la honestidad en el ámbito privado y en el público.

“Este vaciamiento de la política, y su consiguiente banalización, son en gran medida resultado de la eficacia de la metáfora de la transparencia. En efecto, desde el instante en que se desliza la idea de que el modelo de conocimiento es la mera visión (porque se da por descontado que lo importante es poder verlo todo, o que nada quede oculto a la mirada de la ciudadanía), se empobrece radicalmente la esfera pública, que abandona su antigua condición de ágora en la que debatir para transformarse en escenario de una representación en la que la palabra (esto es, el argumento, el discurso) termina por resultar perfectamente insustancial.

“Pero siendo grave lo anterior, más lo resulta aún que los propios protagonistas de la vida pública, los responsables políticos, hagan suya y potencien esta tendencia, abonándose a un exhibicionismo bobo con argumentos tan endebles como el de que estamos en la era de la imagen y es mucho más importante lo que se le muestra a la ciudadanía que lo que se le dice (o, lo que vendría a resultar equivalente, lo que la gente quiere ver que lo que necesita saber). Sin duda no son conscientes quienes así actúan de que están introduciendo en la esfera pública una lógica y una temporalidad específicas, que acaban por resultar demoledoras para la política misma.

“En efecto, el problema que plantea la primacía de la imagen es que su eficacia viene directamente vinculada a su presencia y, por tanto, necesita ser re-presentada de manera permanente (en las campañas electorales los candidatos intentan saturar con su imagen el campo visual de los ciudadanos para que éstos nunca los pierdan de vista). Podría afirmarse, en ese particular sentido, que la imagen no tiene memoria. Probablemente se derive de ahí la compulsión de algunos de nuestros políticos —tanto los emergentes como los de más rancio abolengo— por aparecer de manera constante en esos espacios privilegiados de visibilidad que son los medios de comunicación de masas y las redes sociales, desentendiéndose casi por completo del contenido de sus mensajes, que suelen quedar relegados por lo general al rango de meras consignas de paso universal.

“La paradoja es que la lógica de las imágenes es la del cansancio, por plantearlo a la manera en que lo ha hecho el antes citado Byun-Chul Han en otro de sus libritos (La sociedad del cansancio). Cuando un político se convierte en un producto de consumo, corre el riesgo de que el consumidor establezca con él idéntico tipo de trato al que establece con cualquier otro producto visual. Y ya se sabe que nada quema más que la televisión, y nada fatiga tanto como ver los mismos rostros a todas horas en nuestras pantallas”.

Quizás este último párrafo merezca una consideración más reposada. Loa anteriores, sin embargo, sugieren muchas cuestiones y obligan a dudar e incluso a recelar de lo que damos por obvio y de algunos asuntos que llegamos a calificar como auténticos logros ciudadanos o democráticos.

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