¿A dónde vamos?

La ultraderecha europea está consiguiendo una creciente implantación no solo cuantitativa sino también cultural, advertía en El País el filósofo y sociólogo Sami Naïr. “La ultraderecha hace cultura” proclamaba el titular de su columna. Pocas horas después, Pablo Iglesias anunciaba su renuncia a la vicepresidencia segunda del Gobierno español para convertirse en aspirante a la Comunidad de Madrid.

¿Cabía alguna relación entre el análisis teórico y la decisión concreta?

En buena parte del occidente democrático la ultraderecha se ha multiplicado renunciando a la gestión y al debate sobre las cuestiones que afectan a los ciudadanos, y volcándose en una especie de principios simples e inconexos que seducen a amplios sectores de descontentos e indignados que se sienten excluidos de las políticas convencionales.

Trump era un loco, pero sus dislates causaron efectos mediante un respaldo masivo y creciente. La reflexión de Sami Naïr sobre la ultraderecha lo explica: “Su carga demagógica de una identidad excluyente marca los debates políticos, seduciendo también a los electores de otros sectores de la sociedad. Es una dinámica que aboca a un desplazamiento radical del contenido de la contienda política, que sustituye a la defensa de las luchas políticas inclusivas”.

Trump, ya se ha dicho, ha engendrado afanados discípulos. “Frente a ello, las fuerzas democráticas carecen de respuestas satisfactorias; no han sido capaces de enfrentar este desafío porque sus perspectivas son cortoplacistas y no se atreven a proponer las reformas estructurales necesarias para recuperar a las capas sociales que entran en el discurso de la guerra de las identidades”.

Años atrás, los planteamientos eran bien distintos. La izquierda disputaba la hegemonía cultural con principios que reclamaban la igualdad, la solidaridad o el respeto de los derechos civiles, mientras los sectores más conservadores rechazaban los principios de un periodo funesto, el del fascismo que asoló Europa, y se entregaban a una pragmática orientada hacia la gestión y el crecimiento que propiciaba beneficios desigualmente repartidos.

Tras la crisis financiera de 2008 todo ha cambiado. Las medidas restrictivas generaron desarraigo e indignación; un tiempo de populismos, en el que ha reaparecido y crecido una ultraderecha próxima al fascismo que niega principios que parecían consolidados e incluso inherentes a los modelos establecidos. Numerosos ciudadanos se han convertido en una masa que, como analizaba Hanna Arendt, alienta una sociedad totalitaria a través de un lenguaje que ha pasado “del discurso complejo al simplificado, del racional al emotivo, del organizado en géneros textuales al organizado en módulos; del discurso cultural al identitario”. Es decir, lo que la propia Arendt definía como el lenguaje totalitario.

Así se explican fenómenos ampliamente implantados en numerosos países, incluido España. Y esto rige en Madrid o en Cataluña y une a personajes como Puigdemont y Abascal, aunque en estos días tal vez el personaje que mejor representa esa deriva sea la presidenta de la Comunidad de Madrid. Detrás de su apariencia naif, Isabel Ayuso personifica una actitud de desacato y confrontación permanente con los poderes convencionales, reivindicando, a hora y a deshora, más y más competencias sin camuflaje y exhibiendo su animadversión a cualquier consenso; en definitiva, una voluntad excluyente.

Los demás, los otros, no caben en su espacio. Todos ellos, cada vez que Isabel Díaz Ayuso se coloca ante un atril, sienten el vértigo de un discurso que animará a asaltar el Capitolio y a derribar no tanto la ley como la esperanza. Ella abandera un gobierno que predica y reivindica con toda clase de gritos y enseñas el nacionalismo español, el gobierno más trumpista (America first) del panorama hispano, convertido en adalid del más reciente y cutre nacionalismo.

Ante ese fenómeno Pablo Iglesias se ha autoproclamado su alternativa, a la búsqueda de una confrontación que le ayude a desenmascarar lo que la ultraderecha madrileña representa. Sin embargo, el arrojo del líder de Podemos inquieta, porque, detrás del planteamiento de Iglesias –con una cultura política de signo bien distinto al que reivindican Ayuso o Abascal– se abre un proceso de dura confrontación, descarnada y urgente.

Más que una depuración cultural, el proceso electoral abocará a una confrontación abierta con la dirigente del PP. El PSOE, víctima de su propia inacción en la Comunidad madrileña,  se verá forzado a la defensa entre dos frentes. Ángel Gabilondo parece condenado a pasar, si no desapercibido, bastante diluido; de Ciudadanos apenas quedarán los ecos. ¿Servirá la actitud de Iglesias para desenmascarar la hegemonía cultural que la ultraderecha reclama o tan solo para asegurar una confrontación entre dos propuestas que se retroalimentan y que silencian cualquier reflexión serena?

Las elecciones en Madrid anuncian una confrontación de radicalidades. A un lado, Vox-Ayuso; al otro, Podemos. PSOE y PP no pasarán de actores secundarios. Los populares se resignarán al protagonismo de su vedette, una actriz con recursos para hacerse oír incluso en medio del marasmo con sus desconcertantes palabrerías. Ella será la auténtica representante del discurso ultra; lo hará con un escudo útil: una salida aún más radical.

“Socialismo o libertad”, anunció Ayuso. “Comunismo o libertad”, corrigió tras la irrupción de Iglesias. “Comunismo o fascismo”, respondió el todavía presidente del Gobierno. En esa dinámica, ¿quién explica que el socialismo y el comunismo hicieron posible la democracia en España? ¿Quién evita ese tema y ese tono? ¿Quién impide que lo importante sea superfluo?

No es tiempo para ilusos. Importan más los radicalismos que las alianzas. Unos abusarán de que PP y Vox son los mismo (ya lo han dicho, pero tal vez en esta ocasión acumulen razones para asegurarlo). Otros insistirán en  que Gabilondo solo será el sacristán de Iglesias. Todo lo demás, murmullos.

¿Quién alimenta la cultura política?

 

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