A partir de ahora, por sorteo

Hay días en que incluso un ciudadano de porte tranquilo puede sentir la necesidad de mandar el mundo al carajo. Y, si no al mundo mundial, sí, al menos, a un buen trozo del que le rodea. Hoy es el caso.

Un ciudadano de porte tranquilo ha seguido las noticias relacionadas con el nombramiento de los cuatro nuevos jueces del Tribunal Constitucional y se ha estremecido al leer sus currículos. Sobre todo, el de dos de ellos.

Luego ha escuchado al ministro de Presidencia diciendo que se trata de “un punto de inflexión” en la relación entre el Gobierno y la Oposición, lo que le ha provocado un ataque de perplejidad que ha requerido un chute exhaustivo de ansiolíticos.

La reacción del ciudadano de porte tranquilo a las explicaciones del máximo representante del Partido Popular arguyendo que lo acordado equivale a “la despolitización de las instituciones” que el mismo dirigente reclama, ha sido aún peor: ha sufrido un iracundo ataque de ansiedad con espasmos asesinos.

En el hospital, una vez abrochado con una camisa de fuerza, no han dado abasto para contener el desparrame del ciudadano de porte tranquilo persiguiendo a su sombra al grito de «¡Pablo, Pablito, Pablete, / no nos tomes el pelo. / Vete».

Al cabo de unas horas, ya con síntomas de cansancio, al ciudadano le ha tranquilizado el anuncio de su psiquiatra:

  • Todos los internos de este centro han suscrito una petición para que, a partir de ahora, todos los representantes de las instituciones fundamentales del Estado se elijan exclusivamente por sorteo.
  • ¿Puedo firmar?

El ciudadano ha recuperado casi por completo su porte tranquilo. Ahora descansa del ajetreo. En su sueño ha visto a un Pablo Casado sincero: «El sorteo puede acertar por casualidad, nosotros ni por esa».

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Cuando escribí este comentario lo hice pensando en Nacho, profesional del sector que llegó a creer que el juego era la más democrática de las actividades humanas. El azar, repetía, supera en neutralidad a cualquier otro procedimiento electoral (o de selección en general), porque en él no caben, si los bombos no están trucados, la manipulación de los votantes, algo inevitable en los procesos democráticos actuales, siempre abiertos a intrigas, estrategias y múltiples mecanismos de confusión del elector.

Llegados a este punto la producción de bombos se convertiría en nuestra sociedad en el negocio más rentable de todos. Los líderes de las listas de Forbes se disputarían su fabricación… para provocar el amaño de las ruletas al mejor postor. ¿O no?

Para ese final, mejor quedarnos como estamos. A lo de ahora ya venimos acostumbrados.

 

 

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