A un paso del abismo

El problema no es solo el Gobierno. No lo es solo cada uno de los partidos políticos o todos ellos al alimón. Ni los medios de comunicación por sí solos. Tampoco las redes sociales ensímismadas. Ni siquiera todos ellos, juntos –gobiernos, partidos, medios y redes–, abarcan al completo las causas de este problemón del siglo. No.

Reducir la cuestión a cada una de las partes e incluso al conjunto de todas las citadas invita a creer en una sociedad inerme y a eludir su responsabilidad, la nuestra, porque es ella, nosotros, la que, de manera más o menos explícita, asume la lógica de la lucha por el poder que fijan el Gobierno y los partidos, la que atiende a unos medios que reproducen las pautas de la acción política establecidas por aquellos o la que utiliza las redes para la radicalización y el encono hasta el límite del conflicto y el enfrentamiento civil.

La sociedad es responsable. Somos. Por pasividad o acriticismo, por la aceptación de criterios ajenos, por la sumisión ante la manipulación y el engaño, por la subordinación del raciocinio al impulso o el estallido emocional, por…. Esta sociedad es así y, por eso, se tensiona ante la gestión del Gobierno, sufre a los partidos políticos, padece a los medios de comunicación y agoniza con las redes sociales.

Otra política, otros medios, otras redes son posibles… en una sociedad diferente. Pero, al mismo tiempo, esa sociedad distinta solo se antoja verosímil si surgen otros modos de hacer política, con otros medios de comunicación, con otros instrumentos de relación y debate.

¿Por dónde se empieza?

No se trata de una deslegitimación global del sistema político vigente, sino de una reconsideración de lo que se ha dado por asentado sin asumir las amenazas que, por una parte, padece y, por otra, las que él mismo genera.

Nos situamos en plena campaña de las elecciones convocadas en la Comunidad de Madrid. En ese contexto se planean las reflexiones anteriores y sobre él se proyectan sus propios ecos. Determinados aspectos resultan, para unos, incuestionables; para otros, injustificables. Poco importa si son mayoría quienes los aceptan como elementos de la normalidad apellidada democrática.

Ejemplos. En esta campaña los principales partidos –los que tienen alguna posibilidad de formar el próximo gobierno– se disputan el voto sin explicar sus programas ni rebatir los ajenos. Si aparece algún detalle relacionable con una propuesta concreta, pronto se advierte su irrelevancia ante la ausencia de un marco global en el que insertar lo anecdótico. En esta campaña no hay debate, solo descalificación.

Los medios de comunicación viven del enfrentamiento y los eslóganes –entre ellos o contra ellos– sin voluntad de exigir un marco donde el ciudadano pueda acercarse a una reflexión sobre los intereses colectivos que se dirimen. Las redes sociales, en su mayoría, han optado por la crispación; por aventar el estercolero.

La sociedad participa del espectáculo; asiste, al menos. Seducida por el griterío y el escarnio, oye y ve, muchas veces sin entender lo que está en juego, lo que se juega. Entra al trapo, que es una expresión taurina ahora revitalizada con un festejo en Las Ventas anunciado para el último día de campaña.

La gestión del gobierno que ha convocado las elecciones merece una reflexión y un debate. Es la referencia más concreta sobre la que decidir lo que ha de continuar o lo que se debe cambiar. Los datos de la pandemia –y los hay tan objetivos como inequívocos–, las medidas del ejecutivo madrileño en materia de sanidad o educación, su modelo económico y la fiscalidad, las decisiones en materia de medio ambiente… son asuntos concretos, evaluables y, por supuesto, dignos del debate racional. Pero el calor de esa reflexión no se asoma a los espacios donde convive la ciudadanía. Cuando alguien lo busca, el tuit, la frase ingeniosa y banal, el eslogan, la argucia o la pura falacia rompen cualquier expectativa.

Esa tendencia hacia el descrédito avanza de manera progresiva. Resultaba difícil prever no tanto la dirección como el ritmo de esta deriva. El debate electoral en la Cadena SER parece situarnos en el quicio del abismo. Hasta aquí hemos llegado: o un paso más al frente o un paso atrás para reorientar la carrera.

Me detengo, vista la dimensión del precipicio. Me surgen algunas inquietudes.

  • No sé cómo evolucionara esto. Tengo la impresión de que la crispación va a ser definitiva.
  • No viví el final de la II República, pero estos días he pensado que en aquellos tiempos debió ocurrir algo aproximado a lo que estamos viviendo…
  • Parece exagerado, lo es. Aquí no hay armas. Pero nunca he vivido tanta tensión social con un pesimismo tan dramático. En la dictadura la oposición asumía la persecución con una expectativa e incluso con esperanza. La que algunos quieren robar, la que ya nos están robando…
  • Comencé la transición (enero de 1976) con un cetme en las manos. Nunca lo utilicé, tampoco supe cómo funcionaba, pero a ratos lo cargaba al hombro… Hoy a tres personas le han llegado amenazas de muerte con balas de aquel fusil que parecía obsoleto.
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