A viva vox

Ya no cabe duda. Ayuso Cantó.

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Si a Rocío Monasterio la absuelven del delito de falsificación de documentos por hacerlo de manera flagrantemente chapucera, ¿se puede colegir que el Tribunal considera más grave la estupidez que la corrupción?

La falsedad del visado que hizo Monasterio, lo afirma en Tribunal, es tan “burda y grosera” que no podía “pasar inadvertida” y eso impide que el fraude tenga un efecto jurídico. Tal cual.

¿Habrá que castigar, entonces, a quienes creyeron que la firma acreditaba el rigor y la legalidad del inmueble o su reforma? ¿Por tontos? ¿Merece más castigo la estupidez que la indecencia?

Aunque de la resolución judicial se deduce la estulticia de la diputada (burda y grosera), a sus víctimas se les ha debido poner cara de panolis o de corruptos; y deberían dar gracias por no acabar en la cárcel.

Dado el respeto que merece la Justicia, el tratamiento a Rocío Monasterio por parte de sus compañeros de escaño no debería ser, a partir de ahora, el de “señora diputada” sino el de “burda y grosera diputada”. El calificativo, tan merecido por sus intervenciones, se vería así ratificado por en términos estrictamente legales.

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Cuando se recuerda la calaña de algunos beneficiarios de indultos en el periodo democrático se le ponen a uno los pelos de punta. Siendo todo indulto en sí mismo una anomalía, en los derivados del procès se encuentran justificaciones (minúsculas, medianas o mayores, según el cristal con que se miren) que otros no tuvieron pese a contar con el beneplácito judicial e incluso con la iniciativa del Tribunal Supremo. Suprema anomalía.

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