El Debate sobre el Estado de la Nación, todo así, muy con mayúsculas, fue un fiasco.  Siquiera, desde el punto de vista ciudadano; tal vez, el único importante, aunque casi siempre el más descuidado.

Las críticas más severas de los medios de comunicación se centraron en Rubalcaba, el representante del PSOE, tal vez el único que articuló un planteamiento razonable (acorde con la razón). Soledad Gallego Díaz lo comenta hoy de pasada: “El discurso del líder socialista gana en densidad cuando se lee”. Pero los medios no están para leer. Tal vez ni siquiera para escuchar. Y el lastre que arrastra el dirigente socialista colisione frontalmente con algunos aspectos que esta sociedad y sus portavoces reclaman (fugacidad, simpleza…) y con culpas no expiadas (necesarias, aunque también muy del gusto de los inquisidores).

Lo del presidente del Gobierno obedece a razones intrínsecas: en veinticuatro horas sus promesas de próxima bienaventuranza han sido corregidas de raíz por la Comisión Europea y su plan para sobreponerse al caso Bárcenas lo ha destrozado el propio Bárcenas con declaraciones notariales y la confirmación de las mentiras oficiales de su propio partido (por lo que parece, mucho más suyo que de otros). O sea, sobre Rajoy, nada que añadir. No mereció crédito alguno.

Sobre Rubalcaba, sí. Algunos le recriminan que no fuera más allá. ¿Para dar satisfacción a los ciudadanos indignados o para dar espectáculo a los patrocinadores del circo? Aceptada la primera posibilidad, cabe una pregunta: ¿podía o debía hacerlo? No están los tiempos para truenos artificiales, porque basta con la meteorología natural. Tampoco están él y su partido para demasiados trotes. Mientras no pasen la sauna de su propia reconversión para estar en condiciones de que los ciudadanos los crean (y eso, si llega, requerirá medidas drásticas internas) y el ejercicio necesario para presentar un plan coherente y capaz de ilusionar a la sociedad, mejor, mucho mejor, callar; o hablar quedamente.

En parte, por razones propias (su descrédito), y en otra parte, por responsabilidad: de esta guisa no conviene poner a los ciudadanos contra la pared. En el muro frente al que topamos todo es oscuro: ni siquiera hay grafittis que ayuden a ver lo que fuimos o lo que podríamos ser.

¿Hay alguien haciendo los bocetos? Sería bueno.

 

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