Almudena Grandes: la emoción de un beso

La mayoría del ayuntamiento de la capital, con el alcalde al frente, se opuso al nombramiento de Almudena Grandes como hija predilecta de Madrid. Su repudio a la escritora madrileña fue tal que ni hubo presencia oficial en la despedida ni siquiera un pésame formal. Días después, una nueva mayoría municipal –con el apoyo del grupo desgajado (o tránsfuga) de Mas Madrid a la derecha sin ultras– incluía, entre otros asuntos, el nombramiento a cambio del apoyo a los presupuestos para este año.

Apenas una semana más tarde el alcalde de Madrid lo explica:

  • “Almudena Grandes no merece ser Hija Predilecta de Madrid pero (…) yo he ponderado: un buen presupuesto para Madrid de 5.600 millones y Almudena Grandes. Ya tengo los Presupuestos».

Cuestión de principios o de prioridades, viene a decir. Y lo aclara:

  • «El personaje no lo merece. Yo, motu proprio, no lo hubiera hecho”.

¿Cabía dudarlo? ¿Quién creyó que la rectificación no era más que un chalaneo? ¿Por qué lo aceptó el grupo disidente de la izquierda? El alcalde lo ha explicado sin tapujos. El presupuesto bien vale una arcada. Su falta de respeto y su repugnancia a lo que Almudena Grandes representa estaban fuera de dudas.

A sabiendas de esa inquina, ¿por qué el grupo escindido de la izquierda matritense propuso el trágala a Almeida? ¿Para dar una pátina de dignidad a un compromiso discutible?

Para el alcalde no hay dudas:

  • «El problema lo tiene una izquierda que para aprobar un acuerdo presupuestario tiene que pedir que se declare Hija Predilecta a Almudena Grandes. Yo no lo hubiera hecho de ser ellos, porque no creo que Almudena Grandes deba formar parte de un acuerdo presupuestario”. (…) “No se lo merece ni la memoria que ellos defienden de la escritora».

La actitud de Almeida resulta, sí, “mezquina”. Así la ha definido Luis García Montero, que calló en los primeros días y agradeció sin reproche alguno el posterior acuerdo. Un calificativo justo y prudente. Una actitud digna y discreta, ajena a los tejemanejes del pacto.

Porque desde esa perspectiva el alcalde tiene razón: ¿para justificar el apoyo a los presupuestos hacía falta el abuso de la memoria de una persona tan querida y tan digna de respeto? ¿La inclusión del reconocimiento a la escritora madrileña no era ya una falta de respeto?

Eso mismo se planteó en este Lagar hace unos días, a renglón seguido del acuerdo presupuestario. Entonces se decía que ese pacto (“la decisión de que un grupo muy minoritario y de izquierdas saque del apuro a la derecha mayoritaria”) podía ser legítimo, aunque discutible. Pero sin “enturbiarlo ni envolverlo con compensaciones ajenas que confunden. Sobre todo, aquellos compromisos que puedan revestir un alto valor simbólico”. Por eso, se concluía, «introducir en la negociación presupuestaria el nombramiento de Almudena Grandes como hija predilecta de Madrid parece, sencillamente, repugnante. Hay valores que deben permanecer ajenos al negocio y el chalaneo”.

Como mínimo, hubiera sido imprescindible “pedir perdón por lo que lo que el gobierno municipal hizo y dijo tras la muerte de la mujer que reivindicó lo mejor de Madrid”. Sin ese requisito, “nada más relevante que el silencio, a la espera del momento en el que la reivindicación de la escritora madrileña sea, inequívocamente, sincera”.

¿Cómo aceptar o asumir ahora el nombramiento de Almudena Grandes como hija predilecta de Madrid? “A los símbolos hay que preservarlos de la indignidad. O mejor, rodearlos de dignidad”.

La actitud del alcalde y su grupo ha sido indecente. Y la de quienes plantearon la contrapartida de la escritora, una irresponsabilidad cómplice.

Almudena Grandes no merece el chalaneo. Tan solo la emoción de las lágrimas. Y un beso.

Artículo anteriorRufo Batalla se reconoce Mendoza
Artículo siguienteComprender también requiere leer