Ante un nuevo 12 de octubre

La Conquista fue bárbara, pero esa consideración no obliga a considerar modélica la convivencia entre las diferentes etnias indígenas preexistentes e incluso en el seno de sus respectivas colectividades. Por eso, por la barbarie y el expolio que llegaron al continente americano después del ingenuo Cristóbal Colón (no llegó a saber ni dónde estaba), no estaría de más reconocer que fray Bartolomé de Las Casas y Francisco Suárez, defensores de los derechos de los habitantes originarios de aquellas tierras, fueron lo más decente de todo el imperio; rehusaron glorificarlo y expresaron abiertamente, tanto desde la acción cívica como desde la cátedra, una disidencia legítima y, sobre todo, digna.

De alguna manera esas actitudes nos liberan, con efectos retroactivos, de una uniformidad miserable; de una intervención explotadora y expoliadora sin matices, aunque estos fueran minoritarios y leves. Y en cierta medida nos ofrecen la oportunidad de identificarnos (otros no podrían hacer lo mismo) con una disidencia que antepuso los derechos de los nativos al oro y al avasallamiento. No obstante, solo nos liberará de la culpa el reconocimiento de las matanzas y el saqueo asumidos, justificados e incluso glorificados como epopeya. Esas actitudes exculpatorias, revestidas de orgullo patrio, perduran hasta hoy en día; no se olvide.

Sin embargo, los siglos transcurridos impiden una resarcimiento jurídicamente justo, porque ni los pueblos americanos actuales son los originarios ni tiene sentido –tampoco bastaría– que la sociedad española proclame su arrepentimiento por lo ocurrido cinco siglos atrás. Porque, más allá de lo obvio, el mestizaje –evidente e imparable en unos y otros países– es una realidad que desborda la contradicción radical del abuso originario; porque existen elementos comunes –no solo el idioma sino también los valores y una cierta sentimentalidad avalada por razones culturales– que nos entrelazan más allá de las disputas no resueltas; e incluso porque no todo resplandece en la historia vivida a uno y otro lado del océano.

¿Entonces? Es hora de reconocer –“hoy es siempre todavía”– el atropello de aquella conquista. A sabiendas de que no hay conquista legítima, la que siguió al desembarco inocente de Colón, observada desde la actualidad, fue aberrante, como ya advirtieron las mentes más decentes de los propios conquistadores. Reconozcamos ese ejemplo y disculpémonos en nombre del derecho de gentes y del respeto debido a todos los seres humanos.

Y a partir de ahí explicitemos, de la manera más efectiva que solemne, un compromiso de futuro. No solo para impedir cualquier reproducción, de acción o pensamiento, de los principios que impulsaron la Conquista (que los hay y, a lo que parece, cada vez más virulentos) sino, sobre todo, para tejer un compromiso de reconocimiento y apoyo mutuos mediante la creación de una sociedad de naciones igualitaria, obligada a compartir el derecho de sus pueblos a la libertad, al desarrollo, a la justicia y a la equidad. Comprometida a la solidaridad, al intercambio de bienes y objetivos, al derecho preferente a la emigración, a la integración en una realidad supranacional que reivindique los valores comunes en el contexto de una realidad plural y mestiza, desde una perspectiva cívica y cultural, que favorezca el acceso a los recursos investigadores y docentes, a la salud y al desarrollo mediante una financiación compartida de estímulos y apoyos recíprocos; al impulso de la relación con Europa desde esa perspectiva supracontinental…

No se puede establecer en qué medida un planteamiento de estas características nos haría más ricos, pero no cabe duda de que nos haría mejores. Podríamos celebrar, así, una fiesta común que anualmente permitiera reconocernos en lo que cooperamos, en lo que nos ayudamos, en lo que nos equivocamos y en cuanto podemos hacer en común. Reconociendo lo que hemos sido, a veces a nuestro pesar y, otras, por nuestra irresponsabilidad.

El desencuentro y la confrontación encuentran en estos días un respaldo creciente. Pero el encanallamiento no devuelve la dignidad a ninguna de las partes. Cualquier respuesta satisfactoria pasa por la conversación y el compromiso. Merecen la pena. Muchos lo hemos comprobado aquí y allá: hacen falta nuevos espacios para derribar las barreras que la historia, el tiempo y otros intereses han creado.

Estas reflexiones, que esbozo en vísperas de un 12 de octubre, resumen conversaciones mantenidas a uno y otro lado del Atlántico con personas dispares con las que siempre fue fácil acordar y trabajar, y tras la lectura de una entrevista de Bernan Gonzalez Harbour a Clyo Menzoza, autora de Furia, en El País. Ella expone una realidad que solo puede rebatirse desde la obscenidad de quien se cree con poder sobre los demás; un espécimen que en estos días reflorece.

 

 

 

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