Argumentos a contrapelo

Hace algún tiempo escribí que a ZP, al menos últimamente, le defiendo y que me tomaría tiempo (lo iba a necesitar) para esgrimir mis argumentos. Las circunstancias se me han echado encima. Toca mojarse.

Antes de ese compromiso dejé escrito en estas columnas cosas como éstas:

¿Será por eso por lo que últimamente me da por defender a Zapatero? Tal vez sí. Porque en este país, o en este mundo, donde nunca se habla de política sino tan sólo de la lucha por el poder –asuntos que para muchos son lo mismo, y tal vez tengan razón­–, al decaído presidente del Gobierno de vez en cuando se le ha ido la pinza y ha estimulado debates que tienen que ver con la manera de resolver los problemas de los ciudadanos. Es decir, con cuestiones políticas.

No, tampoco se ha prodigado mucho. Tampoco ha planteado tesis memorables. Tampoco ha mantenido criterios sólidos. Pero sus devaneos, sus contradicciones, sus ocurrencias o sus cambios de parecer merecían debates más complejos que el desprecio.

En las últimas semanas, es verdad, me siento más condescendiente con Zapatero. Antes le acusaba de iluminado. Ahora le defiendo precisamente por eso. ¿O es que está mal contradecirse en este mundo en el que sólo tienen razón, alguna vez, los que apenas consiguen orientarse en medio de las turbulencias que otros provocan? ¿O es que sólo estamos dispuestos a darle la razón a quienes alientan las turbulencias? ¿Por qué no al náufrago que chapotea en medio de las olas? Como casi todos.

 

Hoy mismo he leído El enigma de Zapatero, un lúcido comentario de Juan José Millás, publicado en El País tras el anuncio por parte de ZP de su futuro abandono. En esa dirección buscaba mis argumentos.

Después de conocida su voluntad de retiro, procuro afinar mis argumentos. ZP puso en marcha una serie de iniciativas dignas de un dirigente socialista. Alguna de ellas, como la ley de dependencia, de muy largo alcance. Aparte de las que consiguió cerrar de manera satisfactoria. a través de leyes o decretos, alentó otras dignas de finales más redondos; por ejemplo, su voluntad de dignificación de la radiotelevisión pública, pese a lo conseguido, acabó en fiasco, porque sembró las bases para la demolición de lo que defendía. Hablaba de ciudadanía, respetaba al contrario en el debate público (aun sin correspondencia), llevó a ETA al despeñadero y fue una pena que el último envite, el de Sortu, le pillara en pleno desconcierto. No fue, en ningún caso, el aglutinador de un equipo: le faltaron colaboradores relevantes, le sobraron iniciativas demagógicas y le perdieron algunos conflictos por un exceso de fe en sus barones o en sus ministros o por el abuso de su ímpetu visionario. Demostró voluntad socialdemócrata: con él mejoraron las prestaciones sociales y la cooperación internacional, pero le arrasó la crisis.

Ahí donde encuentro los motivos definitivos para su defensa, porque, más que negarse a ver la que se venía encima, rehusó aplicar las medidas que mucho antes le habían reclamado propios y ajenos. Defendió una política que no castigara a los débiles en todo momento y circunstancia, recurrió a Keyness en solitario y sólo se plegó cuando no tuvo remedio. Cualquier otro habría entregado sus principios mucho antes. Pero la sociedad, o los medios, se lo echaron en cara, y no lo entiendo: ¿por qué ese empeño en defender el realismo de la desigualdad, la hegemonía de los poderosos? Tuvo que claudicar y contradecirse. Tal vez debió explicarlo con la crudeza de la verdad: mandan otros, la soberanía en el ámbito económico no existe, los pobres han perdido. Quizás debió marcharse en aquel mismo momento; así lo creo, pero me repugnan mucho más quienes defienden que las restricciones, los recortes, la miseria para los parias debió aplicarse antes. Me quedo con el visionario,  contradictorio y errático Zapatero, aunque consuele poco y aunque le repudie ahora, cuando presume de sentarse al lado de los vencedores. Antes de esta última imagen fue otro derrotado, como casi todos los que quieren cambiar el curso de una historia adversa. Por muchos de sus  fracasos anteriores, por ésos, le respeto. Tan sólo porque hubo un instante en el que quiso ser de izquierdas (y ocurrió lo que ocurrió).

 

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