Las ideas no matan, pero hay ideas que aportan munición a las pistolas. Luego, algunas actitudes funcionan como escopetas y existen rifles de gatillo automático que responden a los impulsos eléctricos emitidos por determinados cerebros.

Eso ha ocurrido en Tucson, Arizona: un juez progresista, una niña de nueve años que nació el 11 de septiembre de 2001 y cuatro personas más han muerto. Una congresista, el auténtico objetivo del atentado, se encuentra en estado crítico: propugnaba la rebaja de los sueldos de los diputados, se oponía a la nueva ley de su Estado contra la inmigración ilegal, defendía los derechos civiles y actuaba contra los carteles mexicanos de la droga y el lavado de dinero.

¿Importa mucho saber quién disparó?

¿Esas cosas ocurren en Arizona porque allí los rifles se compran en los estancos?

¿No es hora ya de reconocer que, descubierto el funcionamiento del gatillo automático, se debe proceder contra los fabricantes de software para tales artilugios?

¿Y se puede aceptar que a ese respecto también entre nosotros han existido y existen creadores y comerciales de primer nivel? Esa impresión me ha invadido en las últimas semanas de paseo por las calles de diferentes ciudades donde gritan tipos, cada vez más numerosos, con gesto crispado y verbo exaltado, que dan miedo. ¿Qué comen estos pavos? Pongo la radio, miro la tele, ojeo el periódico. Ahora lo entiendo.

Dios nos guarde de los verdaderos locos.

 

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