Así en la política como en deporte

En muchas ocasiones para entender a la sociedad actual conviene analizar las normas o criterios que, vinculados originalmente al deporte de masas, y al uso que de ellos hacen los aficionados, trasladan su vigencia al ámbito de la política en la medida en que los ciudadanos las asumen como lógicas o normales en la gestión o administración de los asuntos públicos. El deporte, en sus aspectos más pasionales y competitivos, sirve de pauta a lo que los medios de comunicación normalizan, trasladándolos al ámbito social como normas o criterios reguladores de la convivencia.

De un tiempo a esta parte, la información política acude cada vez con mayor reiteración a los cánones imperantes en la deportiva. Los conductores de magacines reclaman a sus corresponsales en un país, en el Congreso o en un incendio el “minuto y resultado” del acontecimiento en marcha, interrumpen la entrevista de fondo por cualquier asunto menor ocurrido en otro lugar, arbitran con tarjetas simbólicas las opiniones de los representantes públicos, reducen el éxito al resultado electoral o a las mediciones demoscópicas, priman el tópico sobre el razonamiento y la emoción respecto del raciocinio.

No se trata de una casualidad o de una contaminación circunstancial, sino de una cuestión de fondo que delimita y determina la reflexión sobre sobre la teoría y la práctica de la actividad política. No se trata tampoco, y tan solo, de una cuestión de formato –aunque esa homologación ya sería por sí misma harto relevante–, sino que afecta a la naturaleza misma del ejercicio de la política.

Para comprender el problema en toda su dimensión basta con atender a los programas deportivos, especialmente a los radiofónicos, para evaluar en qué medida los criterios aplicados, la actitud de los informadores o la calidad del debate que inevitablemente plantean son homologables a los que se aplican en buena parte de la comunicación política. Merece la pena el ejercicio para comprender la degradación de la política como consecuencia de la degradación previa de las nomas narrativas preestablecidas.

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