El coronavirus nos obligó a mirar hacia aspectos que amplios sectores de la sociedad despreciaban. Por ejemplo, la ciencia. O sea, ¿habrá que concluir por donde debimos empezar? Mario Bunge, fallecido cuando comenzaba la amenaza de la pandemia, lo advertía.

“La adopción de una actitud científica robustecería nuestra confianza en la experiencia guiada por la razón, y nuestra confianza en la razón contrastada por la experiencia; nos estimularía a planear y controlar mejor la acción, a seleccionar nuestros fines y a buscar normas de conducta coherentes con esos fines y con el conocimiento disponible, en vez de dominadas por el hábito y la autoridad; la actitud científica daría más vida al amor a la verdad, a la disposición a reconocer el propio error, a buscar la perfección y a comprender la imperfección inevitable; nos daría una visión del mundo eternamente joven, basada en teorías contrastadas, en vez de estarlo en la tradición, que rehuye tenazmente todo contraste con los hechos”.

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