Consulta ginecológica

En la planta donde se organizan las consultas de ginecología me acogieron sin sorpresas. Pensaba que mi presencia, la de un hombre en territorio eminentemente femenino, suscitaría, si no rechazo, al menos, extrañeza. Ningún otro varón ocupaba las zonas de espera. El silencio era total.

Una mujer, con uniforme sanitario, asomó de una puerta entreabierta. Decidí abordarla. Me sorprendió su amabilidad, su atención relajada ante el intruso. Podía ser un voyeur e incluso un depravado, un abusador. Pero no. Su atención relajante me invitó a reconocer su atractivo más allá de la primera impresión y la mascarilla. Le agradecí la diligencia con la que resolvió mis dudas, relacionadas con una receta caducada a nombre de una familiar.

Le habría invitado a un café para saber algo más de su oficio, de la actitud que los varones, siempre acompañantes, mantienen en un territorio tan femenino, de los cambios profesionales en los últimos años, de las contradicciones de un hospital público gestionado por una empresa privada… Decidí despedirme sin más, aunque me hubiera gustado sugerirle, al menos, que me gustaría repetir el placer de conversar con ella.

Cuando empezaba a darle la espalda, escuché que me advertía.

– Para cualquier duda, aquí estamos.

Me giré para mirarla.

– Gracias, doctora.

– Si quiere, le doy mi teléfono; ahorrará en explicaciones.

No he vuelto a la planta de ginecología. Desde entonces quedamos en uno de los bares próximos al piso donde habita.

Artículo anteriorDe cobardes y valientes
Artículo siguienteLa estrategia del escorpión