Iñaki Gabilondo anunció su retirada del espacio radiofónico que alimentaba cada mañana la reflexión de quienes buscaban orientación en las turbias aguas de de la opinión que transmiten los medios de comunicación. “Deseo dejar de hacer comentarios y análisis políticos”, explicó personalmente, poco después. Y añadió: “Francamente, no me siento capaz de continuar con mi apunte diario; el problema soy yo, estoy empachado”.

La persona que contribuía a la digestión saludable de la indigesta información de cada jornada, se reconocía empachado, como, tal vez, lo están otros muchos ciudadanos que encontraban en La opinión de Iñaki un alivio contra el hartazgo de la radicalización y el exabrupto. En realidad, no era la primera vez que planteaba su retirada, tras observar cómo su tono proclive a la concordia se utilizaba para avivar el fuego desde sectores con poder político y público, desde los medios o los partidos más proclives al encanallamiento.

Ese dato explica su razonamiento: “Creo saber defender mis opiniones, pero cada vez me cuesta más tenerlas, cada vez me cuesta más afinarlas. El enconamiento partidista, la superpolarización, han construido moldes de respuesta rápida, pero no me van”. Una decisión, pues, coherente y saludable porque “no quiero que mi escepticismo se avinagre; no quiero ser tampoco el cenizo pesimista de las 8.30”.

Le sobran razones, pero muchos ciudadanos vamos a echar en falta buenas dosis de lucidez y de tranquilizantes.

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