Poco antes del primer confinamiento obligatorio, Julio Llamazares buscó refugio en un territorio conocido, la Sierra de los Lagares, entre Trujillo y Guadalupe, para huir del miedo y la incertidumbre. Lo que iba a ser una escapada de apenas dos semanas se prolongó durante más de dos meses, un tiempo que el escritor leonés, desde la soledad de una casa en medio de la naturaleza, aprovechó para pasear unos lugares que invitaban a entender y a sentir la íntima y sencilla verdad del ser humano en un tiempo tan extraño.

Así surgió espontáneamente, a la manera de buena parte de los frutos que ofrece el campo, Primavera extremeña (Alfaguara, 2020), resultado de la prosa leve del escritor leonés y de las acuarelas de su amigo y vecino en esos días Konrad Konrad Laudenbacher.

Fiel a sus querencias, Julio Llamazares aprovechó para pasear en medio de la naturaleza. Y lo hizo atento, respetuoso y callado para escuchar la voz, las insinuaciones, la fragilidad de la primavera. Él sabe que no importa tanto la meta como el camino, el objetivo impuesto como el descubrimiento gozoso, la rotundidad de lo visible como la calma de las emociones que surgen, la sorpresa extraña como el placer de lo íntimo. De este modo la estancia y el camino conducen a una reflexión pausada sobre este tiempo de desasosiego tan contrario al gozo que la naturaleza provoca.

Llamazares vuelve al territorio primario, donde dialogan el hombre y la naturaleza, para disfrutar del tiempo y el espacio y para contar lo que se ve y se escucha, pero, sobre todo, lo que se siente. Resulta inevitable mirar atrás, porque este narrador ha construido algunos de los relatos más auténticos sobre el mundo rural. Desde la turbación provocada por La lluvia amarilla hasta la placidez de Primavera extremeña. A fin de cuentas, nadie mejor para mostrar las raíces de la España vacía que alguien cuyo pueblo ya no existe.

Tampoco es el narrador de la nostalgia ni de una arcadia feliz, porque en esta ocasión, por ejemplo, se trata de una arcadia rodeada y amenazada, en la que el ser humano, si atiende y escucha, encuentra el refugio necesario y efímero. Por eso impone una actitud lírica, sencilla e íntima, que, pese a su rareza en un tiempo de miedo y prisas, es único camino de encontrar la paz en tiempos de ira y pandemia.

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