No cabe duda. Estamos ante el dilema del diablo. Lo explica de manera inequívoca Javier Sampedro: “Una pandemia tan grave como la actual nos está obligando a elegir entre las víctimas del virus y las de todos los demás dramas que afligen a gran parte de la población mundial”.

Aún más. Nos está obligando a elegir entre los muertos de hoy y los muertos de mañana; o mejor, entre los de hoy–y–mañana y los que vendrán. Entre los que provoca el virus y los que provoca y provocará la economía. Por eso los responsables públicos, ya sean expertos epidemiólogos, políticos o cualquier otra cosa, lo tienen tan difícil. Solo quienes ignoran la complejidad del problema pueden evitar la perplejidad, la duda y, en buena medida, la desesperanza.

Los muertos a día de hoy podremos contarlos con bastante certeza dentro de poco; ahora tenemos datos indicativos. Los muertos por el virus de mañana -cuando se alivie el confinamiento, cuando se considera superado el periodo crítico de esta pandemia o cuando se consiga la vacuna salvadora– también podremos conocerlos, e incluso temerlos y preverlos .

Pero ¿quién contará los muertos que genera y generará la crisis económica ya inapelable? Es decir, ¿el hambre, la pobreza, las condiciones de vida de millones de seres humanos? ¿Se podrá decir que ese es el sino, el fátum, de los desheredados? ¿Qué eso ya venía siendo así? ¿No alarma que vaya a seguir siendo así? ¿O que a muy corto plazo las víctimas se acrecienten?

Esa es la cuestión. Decidir entre los muertos que podremos contar y los que no podremos contar, aún a sabiendas de que estos serán muchos más.

Plantear así el problema permite entender las dudas que los expertos y responsables políticos pueden sufrir en el corto plazo (el del confinamiento total, medio o laxo) sobre las decisiones a tomar, pero también invita a decidir acerca de qué sociedad queremos mañana.

Los muertos por el virus respetan menos la edad que la clase social. Por el contrario, los muertos que vendrán como consecuencia de las decisiones económicas que se adopten castigarán, sobre todo, a determinadas clases sociales: cuanto más pobres, más muertos. Se mire donde se mire, ya sea dentro de España –sí, porque aquí también las decisiones económicas que se adopten tendrán repercusiones mortales en amplios sectores de la población– o fuera de este país, pese a todo, privilegiado.

Y eso no es fruto de la naturaleza, ni del sino o el fátum. Es el resultado de las decisiones de los poderosos, de las políticas que se aplican entre los medianos y, también, de la incompetencia de quienes afrontan desde dentro el rumbo de los países más desfavorecidos. Pero esto último no permite esconder las responsabilidades que nos corresponden como individuos y como miembros de una sociedad capaz de fijar sus propias prioridades.

¿Algunas pistas? Lean. No es cuestión de fe.

¿No es hora de pensar en esas cosas?

Entonces, ¿cuándo?

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