El coronavirus nos ha traído un motivo de preocupación tan serio como inesperado. La respuesta –desde el punto de vista sanitario, económico y político– se ha tenido que improvisar a tientas. Estamos en manos de lo imprevisto e incluso de lo imprevisible. Y esa realidad se impone a los criterios de la lógica.

La situación, constatable, aunque también aleatoria, ha provocado un efecto social obvio: el miedo. Un miedo doble; el derivado del riesgo de vernos afectados por la enfermedad y el de la responsabilidad de convertirnos en cómplices de su difusión. La salud propia preocupa tanto como la posibilidad de difundir el denominado SARS-CoV-2 entre allegados y desconocidos.

Por lo uno y por lo otro surge el pánico que aboca progresivamente a la impotencia, a la parálisis y al fatalismo. Una dinámica funesta. La prudencia oficial empieza a revolverse contra sí misma a medida que la crisis se expande sin la certeza de haber alcanzado los niveles máximos. A medida que se constata la gravedad, proliferan los profetas del pasado que tanto gustan del río revuelto; ellos conocen a la perfección lo que se debería haber hecho, aunque sin saber ni cómo ni por qué…

En cualquier caso, la prudencia ya no resulta necesaria, porque es imprescindible.

Para los profanos los estándares matemáticos básicos no permiten evaluar la dimensión del problema. Por una parte, porque no es posible conocer el número de personas portadoras del virus, cuya presencia no se manifiesta en muchos casos; el bicho está, mas en silencio. Por otra, porque no cabe establecer un criterio de la progresión.

¿Una progresión geométrica, quizás? Partamos de una hipótesis: que cada enfermo reconocido contamine a dos o tres personas del centenar con las que, como mínimo, haya coincidido durante una sola semana en la familia, el trabajo, los lugares de ocio o el supermercado. Con un contagio a ese ritmo, aparentemente limitado o lento, bastarían tres meses para que el número de afectados en España rondara los cuatro millones. Y un mes más para que todos los españoles (y 20 millones de personas más) sufriéramos el coronavirus.

No, esto no funciona de una manera tan simple. Se trata de algo mucho más complejo y difícil de medir y prever. La inseguridad y lo imprevisibilidad abocan al catastrofismo y al pánico. El oportunismo de la crítica argumentada sobre la barra del bar entre estornudos, al caos.

En esta situación tan grave e incluso tan alarmante existen motivos para el relativismo, el optimismo y, por supuesto, el humor.

El pánico no se ajusta a la letalidad de la enfermedad. La mortandad que provoca el virus es baja y se concreta en sectores reducidos de la población.

De esta crisis vamos a salir sabiendo mucho más de lo que sabíamos acerca de situaciones que, cabe temer, van a repetirse en el futuro. Dispondremos entonces de pautas no decididas a tientas.

Y hay conclusiones “sugerentes”. Un ejemplo sin necesidad de hacer muchos números: según los datos registrados hasta el momento en China o en Italia, es tan fácil que una persona muera por el coronavirus como que le toque el Gordo. Conclusión: compense el temor a la enfermedad con décimos de la Lotería. ¡Quién sabe!

Esta iniciativa no va a cuajar. Por el momento, a los ciudadanos les parece mucho más probable el virus. Y más cierto aún, el miedo.

Sin embargo, prudencia siempre y, mientras sea posible, humor.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.