Un canal de televisión emite un documental sobre los recortes sanitarios. Contundente, radical, provocador; incluso un punto, o de todo punto, panfletario, lo que en absoluto reduce la profunda veracidad de su planteamiento. A fin de cuentas, periódicos, emisoras de radio y  televisiones emiten tantas informaciones contrarias a la verdad o, al menos, a la claridad que el ciudadano requiere y merece que se debe dar por bueno el planteamiento de este trabajo, porque, como mínimo, no engaña. Sin embargo, tras verlo, afloran las dudas acerca de si esta es la mejor manera de proceder desde un punto de vista estrictamente informativo.

Cuando concluye el documental,el programa informativo de cabecera de la cadena de radio predilecta para la mayor parte de la audiencia arranca con una disertación furiosa contras la últimas medidas del Gobierno, porque, se explica, siendo las últimas, son en realidad las siguientes a las precedentes y las que anteceden a las que vendrán, las que llueven sobre mojado, las que colman el vaso, las que ahondan definitivamente la herida de una sociedad cada vez más rota y deprimida, casi desesperada. El editorial no ofrece  tregua: todo lo decidido por el gobierno es contradictorio, pernicioso, gratuito y generador de nuevas dificultades. Sin ambages.

Las dudas sobre el valor informativo se acrecientan, porque, si el documental podía tener un carácter provocador (por la cadena que lo emitía, por el tipo de reportajes que incluyen en el programa en cuestión y por el propio tono narrativo), el noticiario preferente de la cadena de cabecera transforma la información en desahogo o, peor aún, un acto de campaña, puesto que su propia identidad demanda criterio informativo y análisis en estado puro y duro.

Mientras los ciudadanos no puedan entender la complejidad de la situación socioeconómica,resultará imposible no sólo una crítica razonable y rigurosa sino también la articulación de conceptos que permitan tejer una solución a los problemas. La información tiene ese objetivo: aportar datos y conocimiento para favorecer la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Si no es así, mejor dejarlo.

Quizás como consecuencia de la desmesura inicial, el programa en cuestión, cumplida una hora de improperios contra el gobierno, equilibra su furia expresando su profunda discrepancia con la oposición, bien por su silencio o por su falta de propuestas. O sea, exhibe radicalidad sin partidismo.

¿Cabe otra actitud que no sea la furia sin matices por parte de los representantes políticos cuando los medios de comunicación, en lugar de informar y/o analizar la realidad, se dedican a tomar posiciones furiosas? ¿A quién le corresponde el deber de los matices? ¿Este mundo de extremos elimina cualquier argumentación?

Los eslóganes e incluso los argumentos se han basado en la negación. Pero no basta con decir que no, es necesario construir un sí, porque hay que resolver problemas muy ciertos que exigen medidas dolorosas; porque aquí los errores se han multiplicado y nadie con responsabilidades públicas, incluidos los medios de comunicación (todos), está libre de fallos monumentales.

Los errores no son siempre en estos casos patrimonio exclusivo de los otros. La complejidad de los análisis aflora dudas y contradicciones, pero la simpleza sólo acarrea indefensión y la reiteración de los desastres. El pontífice Paul Krugman está a punto de ilustrarnos definitivamente. Por el momento habremos de conformarnos con un anticipo: El crepúsculo del euro.

 

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