La crisis del Covid19 parece haber alcanzado un punto de acuerdo; no absoluto, pero sí amplio.

  • Escuchemos al oráculo.

El empecinamiento del Gobierno de actuar en solitario, de ocultar sus decisiones hasta el momento mismo de su ejecución y de negar cualquier participación a los partidos de oposición o a las comunidades autónomas, explica la extrema gravedad del problema e incluso del número de víctimas. De ahí, el enojo creciente de la población, según las encuestas, con un gobierno, si en algún momento bien intencionado, a la postre absolutamente ineficaz; incluso peligroso.

La mala información, los errores de diagnóstico, la incapacidad para abastecerse de los recursos imprescindibles y la cerrazón a cualquier colaboración con la oposición sintetizan el fiasco definitivo del Gobierno. Y para colmo, la manipulación de la crisis en aras de criterios ideológicos totalitarios, si no comunistas.

  • Fin de la discusión.
  • O sea, ¡p’a alucinar!
  • Ahora, en serio.

A tenor de lo que dicen algunas encuestas, hay consensos que tienen difícil acomodo en la realidad y, sobre todo, hay simplismos que impiden entender –menos aún, explicar– la complejidad de la situación en que vive la inmensa mayoría del planeta y este trocito de tierra que llamamos España. Abordar esa complejidad requiere más tiempo, más espacio, mucho más conocimiento que el que desde este Lagar se puede ofrecer y, sobre todo, muchas menos dudas que las que aquí se albergan.

Caben perspectivas que aportan matices, referencias y reflexiones que abogan por perspectivas más complejas.

  • A modo de preámbulo.

La mayoría de los que opinamos sobre estos asuntos carecemos de conocimiento y formación para emitir juicios rotundos. Por eso, a la hora de discernir y de hablar sobre estos asuntos, tal vez lo más prudente sea la propia prudencia.

Pero la zozobra, ¡ay!, no ceja, nos interpele y nos reclama.

  • Y allá vamos.
  • Por partes.
  • Antecedentes.

La acción frente a la crisis del coronavirus se plantea en el caso de España desde una realidad sanitaria lastrada:

1. por la crisis económica de 2008, de la que se deriva un deterioro indudable del sistema español de salud: sucesivos recortes presupuestarios, creciente reducción del gasto por habitante, privatizaciones y medios y recursos aptos para las situaciones ordinarias o previsibles, pero sin margen para la emergencia…

2. por el régimen de funcionamiento de las residencias de ancianos y el escaso control ejercido sobre ellas desde el ámbito autonómico correspondiente.

3. por un aspecto superestructural, en apariencia ajeno a los problemas de la salud , pero decisivo: el desprestigio ante las instituciones internacionales.

Estos lastres se fueron acrecentando a partir de 2010 a un ritmo desbordante.

  • El huésped no invitado.

En ese marco irrumpe el Covid-19, una epidemia que se transforma de repente en pandemia y, en un nuevo suspiro, en una crisis sin precedentes desde el punto de vista sanitario, pero también del económico, el social, el ideológico y todo lo que se quiera añadir. Peste total.

Pese a lo que muchas veces se dice, una crisis sanitaria similar formaba parte de lo previsible –hubo voces que anunciaron esta posibilidad–, aunque, llegado el momento, irrumpiera como algo absolutamente imprevisto. Los países, los gobiernos e incluso buena parte del mundo científico tardaron en reconocer el problema. Cuando lo hicieron, resultaron atropellados por la velocidad del virus y su impresionante capacidad de contagio.

  • Contexto.

En España el ataque impactaba contra un sistema de salud debilitado y, tal vez, desajustado, no solo por los recortes precedentes sino también por una organización sanitaria insuficientemente engrasada para actuar de una manera global, enérgica y coordinada. El Gobierno pretendió centralizar las decisiones en un mando único. Lo hizo. Y así el órgano central comprendió, de la noche a la mañana, que carecía de estructura y medios para una crisis de tamaña dimensión. Debía actuar contra dirección. No había otra.

Cualquier alternativa de coordinación y dirección se antojaba peor, pero la elegida tenía limitaciones; el ministerio de Sanidad, con más competencias supervisoras que ejecutivas, debía empezar por reinventarse y aglutinar la acción de departamentos absolutamente ajenos. Sin periodo de pruebas ni de ensayo, y sin margen de error. De una actividad orientadora a la más ejecutiva, sin tiempo para la planificación. Algo así como jugar el partido sin conocer al rival y sin preparación previa.

  • Circunstancias.

Todo ello ocurría, desde el punto de vista político/administrativo, con un gobierno a medio hacer: una coalición inédita y difícil –en sí misma y por las características de sus integrantes–, que atravesaba un periodo de ahormamiento e incluso de profundo debate interno en plena emergencia. Con esas pintas, a medio vestir, el ejecutivo se vio obligado a actuar con urgencia y sin hoja de ruta; forzado a correr antes de prever; exigido a decidir casi a tientas, como el resto de los gobiernos e incluso como un alto y cualificado número de científicos que en los días precedentes habían minusvalorado el riesgo.

Para colmo, el Gobierno se encontró con la sobredosis del acoso partidista y mediático, con una oposición empeñada en el derribo del oponente y cegada por el resplandor de la mera posibilidad de demoler al usurpador del poder representativo. Una actitud nítida, sin ambages, al margen de los prólogos ambiguos y el reparto de papeles de los portavoces de diferentes grupos perfectamente identificables.    

Fotos de El País.
  • El dinosaurio en la vivienda.

Más allá de la confusión que pudieran generar las voces y sus ecos, el problema crecía exponencialmente. El dolor de las víctimas y sus familiares carecía de antídoto, el crecimiento de la pandemia carecía de freno, los medios disponibles resultaban insuficientes, los suministros escapaban del alcance del Gobierno en un contexto de demanda descontrolada frente a una oferta escasa y lejana, que favorecía el abuso, la insolidaridad y la rapiña. Los datos se comprobaban exiguos, descoordinados y, por múltiples razones, incluso carentes de rigor y fiabilidad; carecían de credito el muestro y las conclusiones.

En medio de ese magma el Gobierno trató de trazar líneas de actuación basadas en la información a su alcance, en las indicaciones de los expertos dependientes del ministerio y en la presión de una sociedad en verdadero estado de alarma. Pero cuantos se aproximaban al asunto encontraban más dudas que certezas y, sobre todo, la metástasis del problema: la posibilidad cierta de que un incalculable número de personas fuera arrollada por el virus, que las medidas a tomar repercutieran en el desvalimiento social de amplios sectores de la población, que la crisis económica previsible provocara más desamparo y desigualdad (un territorio en el que, como demuestran experiencias recientes, no se contabilizan muertos, aunque sí existen y en muy alto número).

El Gobierno tomó decisiones cada vez más contundentes: disposiciones para el control de la pandemia, medidas económicas sin precedentes, estado de alarma, confinamiento… que toda ella estaba destinada a morir un poco

El dinosaurio había ocupado la vivienda y, cada día que pasaba, crecía su amenaza.

  • Plan para contarlo.

Atropellada por la realidad, la política de comunicación del Gobierno, siempre difícil en situaciones con una fuerte carga emocional y dramática, puso de manifiesto sus propias deficiencias. Buscó una presencia institucional frecuente para mantener la tensión ante el peligro y estimular la calma que reclama el alto riesgo; acciones para explicar y animar.

Las intervenciones de los miembros del Gobierno estuvieron dirigidas por la cautela: invitaron a atender la senda oficial sin reproches, pero escondieron con frecuencia datos concretos (plazos, cantidades, criterios, etc.) que informaran del día a día y de la emergencia e incluso descontrol, por causas propias o ajenas, en relación con los recursos preventivos, la construcción de instalaciones inéditas, las dificultades para acceder a los materiales necesarios, la realidad del “mercado del virus” y otras.

A costa de la sencillez huyeron con frecuencia de la complejidad, trataron de aparecer ajenos a la crítica pero no midieron las dimensiones de la resaca. Encallaron, más de una vez, porque su afán para mantener alta la moral ciudadana chocaba con la escasez de informaciones nítidas. Trataron de evitar la confrontación política, pero con la mera apelación a la confianza ciudadana no pudieron evitar los gritos más desafinados.

  • Contrataque en masa.

Tras los primeros días, en los que el Gobierno acaparó la información, se multiplicaron los canales de comunicación o, si se prefiere, de confrontación… Los partidos de la derecha, las autonomías y los ayuntamientos gobernados por ella se lanzaron a la descalificación ya fuera por los contagios masivos, por la mala calidad de los datos, por la incapacidad para gestionar los recursos disponibles o necesarios, por despreciar a una parte importante de los representantes electos del país, por mentir y ocultar decisiones de gran calado, y por lo que ni siquiera los responsables pudieron imaginar…

El Gobierno insistió en su línea, salgo pequeñas excepciones, procurando evitar el conflicto e incluso las contradicciones de quienes le criticaban por decisiones o fallos en los que las instituciones gobernadas por los mimos detractores también habían incurrido: test falsos, demora de los suministros comprometidos, anuncios precipitados de la llegada de aviones con cargamentos múltiples, lentitud de los repartos, deficiente elección de asesores…

Bajo el derecho legítimo a la discrepancia, se dio rienda suelta al acoso. El Gobierno acalló las contradicciones de sus detractores e incluso la desobediencia en algunos casos de criterios comúnmente establecidos, tan elementales como los parámetros fijados para la elaboración de los datos básicos. Aguantó la Dana con una actitud entre el estoicismo y la resignación, entre la distensión y la asunción de la fatalidad.

El comportamiento del otro bando, siquiera en la parte más extrema, ponía de manifiesto, más que la incongruencia de sus dichos y sus actos, su absoluta congruencia: la pandemia podía ser útil para sus verdaderos afanes, ajenos por completo a sus propias sus proclamas. Para ello valía lo uno y lo contrario, sin recato.

La toma de decisiones del Gobierno sin consulta previa al resto de formaciones políticas, las comparecencias cotidianas sin presencia de los medios de comunicación y la reducción de la actividad parlamentaria aglutinaron las críticas razonables de sectores muy diversos. La suma de lo sensato y lo espurio reafirmó un estado de creciente descrédito del ejecutivo.

Queda una pregunta en el aire: ¿entre los gobiernos españoles conocidos alguno lo habría hecho mejor? ¿Se corresponde este estado de opinión con los hechos?

  • ¿Salida o espejismo?

Por eso, ahora, cuando se abre un nuevo periodo y se plantea la posibilidad de un compromiso político a largo plazo, la realidad se antoja muy complicada. Entre otras razones, porque, ahora mismo, no se puede asumir que la salud de los ciudadanos se someta al interés de determinados grupos; porque no se puede instrumentalizar en aras del beneficio que procure a determinadas posiciones dialécticas y políticas; porque es necesario sobreponerse a esa miseria antes de pensar en una tarea común y colectiva.

Más allá de la salud, las políticas sociales necesarias deben orientarse a toda la sociedad, pero, en particular, a las personas con menores recursos y mayor vulnerabilidad. La economía debe impulsar mecanismos que aseguren el reparto de las cargas y los beneficios. Y la confrontación ideológica que subyace a todo lo que acontece debe resolverse en función de valores como la cooperación, la solidaridad, la sostenibilidad y la igualdad; no de la competencia, el interés, el aprovechamiento de los recursos naturales y la acumulación. De la libertad y el respeto, no de la eficacia y el resultado. Del valor de lo público, no de la primacía de lo privado.

  • Fin.

¿Es posible asumir esos criterios? ¿Es necesario ceder otra vez más? Si el acuerdo solo es posible cuando la izquierda no gobierna, cada consenso es fruto de su capacidad de cesión.

Nota. Esta crónica de hechos y circunstancias, y de puntos de vista muy personales, se inició durante el segundo periodo del estado de alarma y el primero de confinamiento masivo. Pero es un relato en marcha.

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