¿Cuántas patas tiene un pollo?

El niño tiene 7 años. Para vencer al miedo que de vez en cuando le atenaza ha encontrado su propio antídoto o, al menos, una manera de sortear a los fantasmas. Un juego. Lo ha acordado con sus padres y desde hace unos días lo aplican a rajatabla.

Primero, definieron las situaciones a las que le costaba enfrentarse: acudir solo al baño, permanecer en su habitación mientras hacía los deberes, recoger alguno de los objetos guardados en el trastero, dormir sin sobresaltos o, al menos, sin acudir a la cama de sus padres…

Segundo, establecer una valoración para cada uno de esos retos en función de su dificultad: 2, 5, 8, 10, 12 ó 15 puntos.

Tercero, fijar la recompensa por los puntos acumulados: 3 puntos = una chocolatina, 6 puntos = diez minutos más de televisión, 10 puntos = un juego de mesa con papá y mamá, 15 puntos = la elección del menú (saludable) del domingo.

Todos los datos acordados han sido detallados en un documento suscrito oficialmente por todos  los implicados.

El juego ya está en marcha. El chaval anota los puntos merecidos con la aquiescencia de sus progenitores. Y la cosa funciona. Mucho mejor de lo esperado. El pasado fin de semana el muchacho valiente decidió tirar la casa por la ventana. Estaba tan contento por los retos superados como por los puntos conseguidos.

El lunes, a la vuela al cole, no dudó en contárselo a su profesora.

– El sábado ya tenía 20 puntos.

– ¿Y a qué los dedicaste?

– Gasté 15 para elegir el menú del domingo.

– ¿Qué fue?

– Pollo asado.

Siguió:

– Pero ocurrió una cosa muy curiosa. Cuando abrimos la caja donde venía el pollo, resultó que tenía tres patas.

La profesora se sobresaltó:

– ¿Y la cuarta?

Como para no tener miedo…

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