Culpas ajenas

El Gobierno no ha querido afrontar un descalabro en el Congreso. No ha querido solicitar la ampliación o la renovación del estado de alarma para eludir un voto negativo y mayoritario. Consiguió implantarlo en anteriores ocasiones, a trancas y barrancas, con un desgaste evidente y una falta de reconocimiento incomprensible. Por eso ahora ha renunciado a reintentarlo.

Esa era, su estricta obligación, si lo seguía considerando necesario. La previsible derrota parlamentaria no le exonera de la abstención; menos aún, del pasotismo. A veces, perder dignifica al derrotado y, a la larga, le carga de argumentos. Claudicar de antemano puede equivaler a complicidad.

Buena parte de los partidos de la oposición llegan tarde a pedir medidas restrictivas de la libertad. Carecen de legitimidad: rechazaron la alarma o la utilizaron con afanes más políticos que sanitarios, y ahora reaccionan a destiempo al sentir que su estrategia conduce a la sociedad a la intemperie y, a ellos, los deja sin coartada bajo una amenaza inquietante.

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