¿Quién ha hecho eso? El desatino, esta vez, no le corresponde a la Comunidad de Madrid ni a Cataluña. Lo ha cometido el propio Gobierno.

Andaba el ejecutivo en trance, buscando apoyos para prorrogar el estado de alarma, obligado a ensayar piruetas cada vez más arriesgadas, para que le salieran las cuentas en el Parlamento, y en una de esas se enredó, perdió el equilibrio y se estrelló.

A cambio de un puñado de votos se puso sobre la mesa la derogación de la reforma laboral y se lio. Que si íntegra, que si derogación a secas, que si en los aspectos más lesivos… Lo que parecía uno de los habituales cambalaches políticos para sortear problemas cotidianos, derivó en bronca con varios vicepresidentes enzarzados, el presidente enfangado y la sociedad entera atónita por el disparate. Cabía pensar en la conveniencia de alguna ejecución en la plaza pública…

Pero no. En lugar de afrontar abiertamente el problema, de reconocer el desatino, de ofrecer una actitud más transparente e incluso asumir responsabilidades, el Gobierno ha buscado una solución imaginativa: pasar de la fase 1 a la fase 3 sin previo aviso.

La reforma laboral ha pasado a mejor vida. La línea del horizonte se ha elevado hasta la altura de un nuevo Estatuto de los Trabajadores, un asunto mayor que desplaza de la atención pública a la mencionada reforma. Pero esto es magia. Unos denunciarán el truco, otros reclamarán el compromiso suscrito e incluso habrá quienes aprovecharán la oportunidad para romper definitivamente la baraja.

El problema creado no se desatasca con fórmulas ilusorias. Las tensiones desatadas alimentarán durante largo tiempo conflictos y pasiones en detrimento de la convivencia. Ya veremos.

El envite a la grande es, apenas, un recurso. Confunde un rato, pero no resuelve la partida. Todos saben que el Gobierno tiene malas cartas y tratarán de apretarle.

Y saben, además, que está solo. Él mismo no puede negarlo. En la búsqueda de complicidades para luchar contra la pandemia ha tenido pocos socios leales. Lo aduce ahora en su defensa y algo de razón tiene. Como ha machacado la portavoz del Gobierno, al Partido Popular le ha preocupado más molestar y desacreditar al ejecutivo que responder a la preocupación de la población por su salud. Y la mayoría de los grupos, a diestra y a siniestra, casi sin excepción, han convertido sus apoyos en puro chalaneo.

En los últimos plenos del Congreso, a excepción de Ciudadanos, Más País o Teruel Existe, todos los demás han pretendido réditos diversos a cambio de apoyar el estado de alarma. Han convertido el problema sanitario en excusa para alcanzar recompensas en asuntos ajenos. En esa lid han participado el PNV, Esquerra, Bildu, Compromís, el PRC, Coalición Canaria… Con el consentimiento, claro está, del PSOE y de Podemos.

La política se ha convertido en truco y trato, en un espectáculo de trúhanes en el que priman los intereses de las partes sobre el interés de todos. Por eso, los asuntos que ahora han saltado de manera obscena a la palestra reclaman más decencia y menos engañifas.

Es posible. Aunque algunos prefieran saltar, por arte de magia, del uno al tres sin dos.

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