Hace ya 38 años, Bernardo Atxaga creó un mundo imaginario formidable, un lugar para la emoción y la sorpresa, repleto de símbolos y ternura. Lo llamó Obaba. Desde entonces el escritor de Asteasu ha ofrecido, a través de diferentes perspectivas, nuevos entornos y paisajes cargados de vivencias, muchas veces sencillas y, siempre, profundamente humanas. Los territorios imaginados de Atxaga están llenos de vida, también de conflictos o problemas cotidianos.

Bernardo Atxaga ofrece ahora en Casas y tumbas un nuevo territorio imaginario. Ugarte, con relación al de Obabakoak, interioriza la evolución del universo de sus personajes y el paso de los años. Obaba y Ugarte son espacios diferentes que acogen a protagonistas, experiencias y conflictos también distintos. Cambian los unos porque cambian los otros. El paisaje y los habitantes interactúan entre sí. Se entiende lo uno desde lo otro; recíprocamente.  

Bernardo Atxaga ofrece ahora en Casas y tumbas un nuevo territorio imaginario. Ugarte, con relación al de Obabakoak, interioriza la evolución del universo de sus personajes y el paso de los años. Obaba y Ugarte son espacios diferentes que acogen a protagonistas, experiencias y conflictos también distintos. Cambian los unos porque cambian los otros. El paisaje y los habitantes interactúan entre sí. Se entiende lo uno desde lo otro; recíprocamente.  

El nuevo relato de Atxaga se disfruta durante la lectura y se degusta al concluirla. Tiene la emoción de las pequeñas cosas que construyen la vida entera. Hablan de amistad, de la existencia compartida, de la enfermedad y la muerte, del campo y la ciudad vinculados a la intimidad de quienes los habitan.

No hacen falta más explicaciones. El lector las encuentra en el epílogo de la novela, donde el propio autor reflexiona sobre su obra. Allí Atxaga explica cómo fue cambiando el título de la novela hasta llegar al definitivo: Fusilamiento de una urraca, El soldado que llamó cabrón a Franco o Hilos de agua entre las piedras antes de Casas y tumbas. Un detalle que sugiere la complejidad del proceso de creación que culmina en esta obra diáfana y compleja, formidable.

Ese epílogo explica, sobre todo, que “Ugarte es un lugar situado en la frontera entre el viejo y el nuevo universo, al contrario que Obaba, que pertenecía enteramente al primero. En Ugarte, quiero subrayarlo, hay televisión”. Ese es el elemento más distintivo del cambio entre uno y otro espacio y tiempo. Al mundo rural, sí, lo transformó la tele.

No hay que buscar nuevas explicaciones en torno al autor y su obra, porque lo dice él mismo: “Hay escritores que se valen siempre de los mismos elementos y de los mismos motivos. Yo soy uno de ellos. Animales, cuestiones de familia –siempre con el tema del doble de por medio– : dos amigos, dos hermanos, dos gemelos…–, paisajes solitarios, minas, ingenieros, luchas políticas, torturas policiales, laberintos mentales, canciones, gags…”.

También se explican las intenciones del autor: “Trato de que haya poesía en todos mis textos, aunque de forma invisible, como el nutriente en la fruta”. El lector corrobora la existencia de ese tono poético que bulle y late durante todo el libro.

Bernardo Atxaga concluye que ese epílogo, que no es más que “un comentario a Casas y tumbas, parece rectilíneo, un alfabeto ordenado. Pero no, nada de rectas. Ha avanzado en zigzag”. Como avanza la misma novela.  

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