El problema no es de Europa. El problema está en Europa y en esta sociedad postmoderna y liberal que pregona sus niveles de bienestar y rememora, autocomplaciente, su tradicional capacidad de acogida a personas que llegaron de lejos, aunque en los tiempos que ahora corren ese lema suene a mera justificación. El problema es cómo somos. O cómo nos hemos hecho así.

El rechazo de los inmigrantes se encuentra en el origen del florecimiento de los partidos ultraderechistas en los países ricos (o con ganas de serlo), en la radicalización de las formaciones conservadoras y en la derechización de las socialdemócratas, presionadas por ese corrimiento de tierras a favor de las posiciones reaccionarias que marca la tendencia dominante.

Los sectores con mayor poder e influencia quebraron las bases ideológicas del estado de bienestar, arguyendo que resultaba caro para las clases medias, que premiaba a las más populares y que alcanzaba el desiderátum con los llegados de otros lugares, auténticos acaparadores de la solidaridad. En los países nórdicos la socialdemocracia se contagió de este virus imparable, acosada por el surgimiento de una ultraderecha muy bien acogida por los países conservadores.

Así, el enfrentamiento entre las clases medias y populares, recibido con entusiasmo por las más poderosas, abonó la reacción y sembró de minas las bases del sistema creado en aquellos países después de la segunda guerra mundial y que, en buena medida, servía de referencia en Francia, Alemania, Gran Bretaña, Holanda y otros muchos. En estos últimos lugares floreció, muy pronto, el miedo al extraño, al que se veía como una amenaza capaz de socavar los logros del esfuerzo económico tras la barbarie bélica. La ultraderecha ganó la disputa no solo porque logró un respaldo social tan rápido como significativo, sino, sobre todo, porque contaminó al conjunto de la ciudadanía. El resto de los partidos reculó en sus posiciones hacia espacios cada vez más reaccionarios para no perder su influencia e incluso el poder.

La crisis de los refugiados ha puesto en evidencia, por ejemplo, la actitud individual de muchos ciudadanos en el rescate de náufragos, asumiendo unos riesgos que los organismos públicos evitan, o en el ofrecimiento de viviendas y alimentos, que los gobiernos no consiguen movilizar. Sin embargo, esa disposición a la generosidad choca con el reclamo, por parte del conjunto de la sociedad, de actuaciones políticas contrarias a esas iniciativas. El interés por los migrantes e incluso la reivindicación de un trato digno se devalúa al ámbito de la caridad o de una moral de la solidaridad, fuera de los criterios articuladores de una verdadera acción política basada en el derecho y la justicia.

A Ángela Merkel quisieron proponerla para premio nobel de la paz, por sus proclamas de puertas abiertas a los inmigrantes, un día antes de una rectificación definitiva y definitoria, donde incluía la miserable distinción entre los inmigración que provoca el hambre y la que provoca la guerra. (¿Hay diferencias? ¿Por parte de quién?). Bastó la presión de la CDU bávara para que la canciller se cubriera de realismo, porque el problema no era político, sino social. (El gobierno español ni siquiera tuvo momentos de duda. Su terquedad no las admite).

Sin embargo, no es a ellos a donde se debe mirar. O al menos, no solo se les debe mirar a ellos. Las sociedades europeas premian a los bárbaros. ¿Por qué pedir entonces que sus dirigentes actúen en contra de lo que les reclaman? A menos de dos meses para las elecciones españolas, los partidos más xenófobos copan las mayores expectativas. Y eso que, aquí, en España, se afirma que hemos conseguido esquivar el auge de la ultraderecha. No hace falta un partido con esa etiqueta; ya los demás que, sin gritarlo, han asumido su discurso.

En la calle se habla del miedo al árabe, a los europeos del este (si son pobres), al chino…, porque amenazan el empleo, las pensiones, la educación, la sanidad.

Esos comentarios los suscriben personas razonables e incluso responsables (que han tenido o tienen responsabilidades públicas), con las que conversamos y, alguna vez, discutimos, convencidos de que compartimos valores y objetivos no antagónicos.

Quizás haya que asumir ese error: ¿se puede compartir algo con ellos? La actuación ante los inmigrantes no admite matices, es una cuestión medular que ofrece la auténtica dimensión de nosotros mismos, pero debe ser asumida abiertamente sin escondites en su enorme complejidad, la de un asunto para el que no basta un resultado electoral favorable (que ya sería mucho) sino una transformación a fondo de la sociedad, de sus convicciones y sus actitudes.

Por eso, aquí, tampoco los medios de comunicación son inocentes. El problema también lo generan ellos. Como los políticos o la misma Europa. Y todos los que, después de ponernos estupendos, nos relajamos con un puro en el sofá.

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