La Junta Electoral, como siempre, tiene distintas varas de medir. Para los medios privados utiliza una, para los públicos, otra. Tras el debate a cuatro, llegó uno a ocho (o los que fueran) y vendrá otro a dos.

A TVE le levantó En tu casa o en la mía, el programa estrella, según los datos de audiencia, que protagoniza Bertín Osborne, para sustituirlo por un debate entre todos los partidos con representación parlamentaria suficiente o con expectativas de voto abundantes (un hecho inédito hasta ahora). La cadena se había visto obligada a asumir ese debate por imposición de la propia Junta para compensar a los excluidos del cara a cara Rajoy-Sánchez, en esta ocasión difícilmente justificable, previsto para el próximo día 14.

Como el órgano regulador de las actividades electorales tiene un sistema métrico muy peculiar, estableció que nueve personas representaran a las ocho formaciones con derecho a participar; a Convergencia i Uniò se la consideraba bicéfala, tras su ruptura, y cada una de sus cabezas solo podría disponer de la mitad del tiempo asignado a lo que  fue en su día un solo cuerpo. O sea, en el debate participaron siete representantes y dos mitades.

Por otra parte, los partidos invitados por las cadenas privadas a debates anteriores decidieron que el de TVE era de segunda (o tercera división) división y enviaron a los jugadores suplentes; los nacionalistas (sobre todo los catalanes) reservaron a sus primeras figuras e incluso TVE, a falta de especialistas, sacó del armario a un enchufado que ni de regional…

Con esas perspectivas, la cadena intentó esconder el  desatino a las 12,15 de la madrugada y la Junta la obligó a cambiarlo a las 22.30. ¿Habría hecho lo mismo si ese día Bertín Osborne hubiera tenido como invitado en su casa, en vez de los tres presentadores de Master Chef, a Mariano Rajoy, último partenaire del señorito jerezano?

En tales circunstancias, los promotores anunciaron un crecepelo (un debate sin condiciones, plural, único) y se salieron todos calvos: un formato rígido, de bloques, temáticos amplísimos, gobernado por un reloj obsesivo y un moderador dominado por el reloj a falta de otras capacidades intelectuales elevaron el acontecimiento a la lógica del absurdo.

En definitiva, un formato imposible para cualquier reflexión. Con participantes de segunda clase. Alberto Garzón trató de romper el sino de la convocatoria, del remedo de debate, con unas primeras intervenciones dignas de un contexto mejor, pero poco a poco se fue perdiendo en la maraña. Íñigo Errejón quiso recuperar algún sentido en tamaño despropósito, pero sus propuestas se desvanecían en la falta de sustancia que le rodeaba. Los portavoces de PP y PSOE, Pablo Casado y Antonio Hernando, bregados en la fontanería de sus partidos, tiraron de oficio. ¿Más? Algunos momentos de sensatez en las intervenciones del PNV y la nota exótica del representante de Democracia y Libertad (antes CDC).

Hubo, sin embargo, dos momentos para recordar:

El primero, gracias a la representante de Ciudadanos, la escritora Marta Rivera, una mujer que defendió la igualdad entre hombres y mujeres, reclamando con bravía la abolición de las leyes que penalizan el maltrato machista con relación la violencia de una mujer contra un hombre. Dos varones, PSOE e IU, se enfrentaron a ella para defender las medidas excepcionales ahora vigentes que castigan ejemplarmente el desatino de una realidad lacerante instalada en las entrañas de esta sociedad (patriarcal, la denominó Alberto Garzón; machista a secas, según Antonio Hernando). Ambos cerraron sus intervenciones, dirigiéndose a la representante de Ciudadanos con la misma frase: “Usted no ha entendido nada”. Los otros cuatro y los dos medios ni se inmutaron. Lo del PP tal vez no extrañe. Lo de Podemos…

El segundo, gracias al representante del independentismo catalán con, con un tono entre socarrón y displicente, llegó a argüir frente a las propuestas de IU, Podemos y PSOE que si había propuestas para que ellos se sintieran cómodos en España, que las presentaran y que lo mirarían. Definitivamente, no se pudo saber si era pura socarronería o mera displicencia.

O quién sabe, porque aquel festival tenía menos sentido que interés. Pese a todo, casi un 11 por ciento de la audiencia: un 22,5% de la que tuvo el anterior debate a cuatro.

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