Los grandes actos políticos, o los que convencionalmente se entienden como tales (debates de investidura, del estado de la nación y así sucesivamente), ponen de manifiesto la reducción de la acción política a la lucha por el poder. Los actores ignoran al destinatario de sus decisiones y ofrecen su argumentario para ensalzar sus méritos y denigrar al adversario, no para analizar lo ocurrido o plantear un horizonte de futuro. Cualquier parecido con lo deseable solo alcanza un valor instrumental: mera apariencia. Para rematar el ciclo los medios de comunicación suelen dedicar sus principales esfuerzos a decidir el vencedor de la contienda e inclinar el ascua a su sardina, porque ellos también forman parte de la intriga política.

Ocurre así incluso en las situaciones más graves. El actual debate sobre el eastado de la nación lo ha corroborado. Sin ambages.

 

Al cabo de muchas horas de seguimiento directo del debate e indirecto, a través de algunos medios de comunicación, surgen muchas dudas y unas pocas afirmaciones. Por ejemplo:

No sé si es esto lo que merece el parlamento o el periodismo, cada uno por su lado, pero sé que no es esto lo que merecen los ciudadanos.

Me importa un pito quién ganó el debate, si la victoria es cosa del presidente del gobierno o el de la oposición, e incluso si lo fue de cualquier otro grupo o individuo. Me importa solo si el debate sirvió a los ciudadanos.

Ignoro qué pueden sacar en claro los ciudadanos cuando su presidente, o el presidente de su gobierno, los trata de tontos, inventando una versión peculiar sobre lo ocurrido y negándose a explicar lo que la sociedad quiere saber: a dónde vamos, por qué la mayoría tiene que sufrir tanto, cómo es posible que los golfos vivan mejor…

 

Para hacerse entender el presidente acudió a un símil marinero: “España ya tiene la cabeza fuera del agua. (…) Ha costado mucho dolor, pero el barco no se ha hundido”. La metáfora requiere una precisión: ¿se trata de España, del barco, o de sus pasajeros y no solo de su tripulación?

Si se trata del pasaje, cabe otra explicación:

Al cabo de un tiempo, salvo en circunstancias extremas, el cadáver del ahogado suele salir a flote. Quizás, por ello, alguien decidió que, en lugar de salvar al que braceaba desesperado para evitar su propio sumergimiento, había que hundirlo para que, aunque a costa de las dentelladas post mortem provocadas por peces de mayor o menor calado, los restos emergieran.

Este gobierno ha llenado la costa de cadáveres. Alguien (y este gobierno no estuvo ajeno, aunque hubiera otros colaboradores) llevó a las turbas ante el muelle e incuso arrojó a los más débiles al mar, pero este gobierno, que no fue ajeno al lanzamiento, se negó a ofrecerles una amarra. Y ahora anuncia que todos volveremos a la superficie, aunque tal vez nunca ya podamos alcanzar la orilla. Los muertos no nadan.

Quizás decidan embalsamar a los que presenten un mejor estado de conservación para convertirlos en una especie de ejército de Siam, fosilizado o zombi. Ese es el horizonte. El gran timonel no ofreció otro. Habló de calendarios y aventó algunas hojas. Pero no hubo dibujo ni perspectiva sobre el destino de esta tropa desalentada.

El otro hilo de su argumento, sin lírica, aunque retórico, tampoco estimuló la confianza. Dijo que no hizo lo que debía (es decir, aquello a lo que se comprometió)… por nuestro bien. Pero, si hubiera sido así, no era nuestro bien lo que buscaba cuando cameló a la mayoría con propuestas falaces o, al menos, estúpidas, por inaplicables.

¿Le exime de su compromiso la ignorancia? ¿Puede reclamar el ignorante confianza en su análisis o en su pronóstico?

El presidente, según él, no fue elegido para cumplir su programa sino para salvar a la patria. Y en esa tesitura, con la historia que arrastramos y la que hemos vivido, nada mejor que prescindir de sus servicios.

 

Por salvapatrias, siempre un peligro, y por inútil. Dos ejemplos:

Uno. Frente a los mayores problemas que vive la sociedad española, el desempleo y el coste de la deuda, comentó de pasada: “Han aumentado sensiblemente aquellos gastos discrecionales –sobre los que no tenemos control– como las prestaciones por desempleo o el aumento inevitable de los intereses de la deuda pública”. El gobierno no tiene responsabilidad sobre el desempleo ni sobre la reducción de los costes financieros: ¿De qué se jacta? ¿A santo de qué tanta miseria?

Dos. Había que pasar lo peor para asomar la cabeza y ya está a la vista, vino a decir. Ese es el sino de las crisis: una vez alcanzado el fondo no hay posibilidad de seguir hacia abajo. A lo sumo se permanece ahí, en la sima del hoyo. Tal vez por eso él se aplicó con denuedo en buscar la recuperación, hasta llevárnos hasta lo más profundo del bujero. Un logro imprescindible para la recuperación; no cabe duda.

Es una pena que falte sensibilidad para valorarlo: “Lo más ingrato para los españoles es que no palpan los resultados”. Es decir, no lo apreciamos: por incrédulos o por tontos.

Gracias a este ejercicio de autojustificación, terminó gallito, con el mentón en alto, mirando a los suyos, que, más que un grupo parlamentario, parecían una claque de bobalicones a sueldo. Nada de particular: acababa de proclamarse el gran descubridor de Europa, el jinete que, subido a la grupa del toro, conduce al continente con rumbo cierto y, para colmo de bienaventuranzas, con evidente intención de progreso, directo al crecimiento.

 

Y su grupo, encandilado (*).

¿Quieren enterarse de cómo está el patio? Es posible.

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(*) Aunque en eso, la verdad,  no hay mucha diferencia entre unas bancadas y otras; salvo en la del PSOE, donde a la mayoría bobalicona y aplaudidora, de vez en cuando le sale un loco con ansias de presidir la tercera República, ya sea en versión cateta o catalana.

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