El PSOE adoptaba hace unos meses decisiones graves y el PP se lo echaba en cara.

El PP toma ahora medidas salvajes y el PSOE se hace cruces.

El PP se tiene merecido el repudio.

El PSOE no tiene excusa para el exceso.

El PP se encomienda a santa Ángela antes de adoptar cualquier decisión.

El PSOE se mofa de la santa a la que veneró mientras el PP se hacía el iconoclasta.

PP y el PSOE practican políticas cortadas por el mismo patrón, al que ahora llamamos mercado.

PP o PSOE, más o menos; todo es cuestión de medida. Lo dijo Machado.

 

Los que mandan en Europa se imponen sobre aquellos que requieren otras medidas de Europa.

El PP acusó al PSOE de haber entregado la soberanía nacional a extranjeros.

El PP corre ahora a enseñar los presupuestos al emisario de la santa antes de que los conozcan el Parlamento y los ciudadanos; por supuesto.

El PSOE, sin acudir a la memez soberanista, no ahorre burlas.

Los ciudadanos no comprenden este travestismo que nos deja inermes y nos impide comprender dónde estamos y a dónde podemos ir.

 

El PP se ha dado a los excesos amparando territorios de impunidad.

Contra la igualdad, amnistía fiscal.

Contra el medio ambiente, costa urbanizable (incluida Es Trenc).

Contra los derechos adquiridos, reforma laboral.

Contra el futuro y el crecimiento, recortes: en educación, en ciencia y en infraestructuras.

Contra el sentido común, Las Vegas: sin costes de seguridad social, con derecho a humos, sin limitación de alturas, con suelo gratuito, sin ley, con permisos a capricho del colonizador.

¿Algo positivo?

El PP se ha movilizado a favor de los toros. Cayetano Rivera Ordóñez ha disfrutado de una atención en el Congreso que no han merecido ni desahuciados ni parados ni indignados que pagan religiosamente sus impuestos sin matar a nadie ni a nada.

 

Sin embargo.

La situación se antoja extrema y el PP ha decidido que lo parezca más.

La salida no parece nada fácil y el PP, a base de tapar los ojos de los ciudadanos con el susto, impone la suya.

La economía está mal y puede ir peor: el paro crece a un ritmo tan alto como decrecen los recursos disponibles para enfrentarse a él.

¿Qué se puede hacer?

 

La falta de productividad de la empresa española tiene que ver con la aportación de los trabajadores a la actividad productiva, pero también con el modelo productivo.

Cambiar el modelo productivo no equivale a perder derechos laborales, pero invita a modificar algunas reglas.

Sin productividad no será posible equilibrar la balanza comercial, el mal raíz que nos ha traído hasta aquí.

Producir otros bienes, producirlos de una manera y mejor, es el único remedio.

Y exportar más.

Si no, el trabajo se seguirá devaluando, porque los beneficios de unos pocos a esos pocos les nunca parecen suficientes.

Y son ellos los que mandan, los que imponen las reglas.

El remedio quirúrgico está contraindicado: no hay quirófanos, tampoco rehabilitadores.

¿Cómo mantener los derechos que creíamos adquiridos?

Entendiendo la realidad en la que estamos: atrapados, sin sueños, sólo dispuestos a sobrevivir.

Explican que hay que desistir del trabajo fijo, del sueldo creciente o los incentivos estimulantes.

Hay que explicar que el trabajo genera dividendos y que, al menos, quienes los producen tienen derecho a participar en la marcha de la empresa y en su estrategia, en las decisiones que afectan a sus resultados y a su eficiencia, en los esfuerzos y en los beneficios. En caso contrario, sólo queda el derecho a las pérdidas. En eso estamos.

El derecho del trabajador no existe cuando una parte muy importante de los que desean trabajar se encuentra en paro.

Ese es el quid para enjuiciar la política económica y para reclamar actitudes, reivindicaciones e incluso huelgas.

 

El apocalipsis obliga a distinguir en esta hora suprema.

La socialdemocracia fracasa por falta de soluciones: antepuso la gestión económica a la economía de los ciudadanos.

La derecha nos fracasa, porque nos hurta lo adquirido y erradica cualquier expectativa.

Los sindicatos defienden su existencia, aferrados a una realidad muerta, a costa de la orfandad de los ciudadanos que exigen su derecho al trabajo.

Los empresarios se han entregado al poder financiero y la especulación bursátil.

La política ha empezado por el final: sin coto a los especuladores, ha decidido salvar a los banqueros y, a través de ellos, a los grandes empresarios, porque ya habrá tiempo para los pequeños.

¿Este orden es el correcto?

Alguien tiene que hacer y decir algo para que deje de parecer cierto.

Los parados pueden seguir haciendo cola en la lista de espera de los servicios de salud mental que pronto serán desmantelados, cuando muchos de los que ahora trabajan comprueben que lo hacían en precario.

 

Las fórmulas al uso ya fracasaron.

¿Por qué no reconocen su fracaso quienes las mantuvieron?

Las instituciones al uso no sirven.

¿Por qué no se abren a otros modos y a otras respuestas?

Hay gente capaz de aportar ideas.

Hacen falta ciudadanos y organizaciones dispuestos a escuchar esas razones y el grito de los que reclamamos un rumbo y medios que alienten expectativas, aunque haya que renunciar a los sueños.

 


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