Algunas afirmaciones se revuelven contra quien las pronuncia. Si las afirmaciones son especialmente contundentes, la devolución alcanza un grado o una violencia similar. En ciertos asuntos, mejor tentarse la ropa antes de errar. Y en esos mismos asuntos, en determinadas circunstancias, mejor juntos que revueltos.

El anteproyecto de ley de libertad sexual aprobado por el Consejo de ministros ha provocado un enfrentamiento subido de tono entre los miembros del gobierno de coalición. Pablo Iglesias calificó de “machistas frustrados” a los miembros del ejecutivo que precisaron o enmendaron el texto salido del ministerio de Igualdad. El ministro de Justicia, principal señalado por el dirigente podemita, arguyó en su defensa que “los políticos hablamos mucho”. Y Pablo Echenique zanjó el duelo considerando “machotes” a los que pidieron correcciones.

Hay cuestiones que ya tienen demasiados opositores y, por ello, reclaman la acción conjunta de cuantos representan la defensa de derechos elementales. Litigar en esos territorios alienta exclusivamente a los contrarios. Mal asunto.

La discrepancia es siempre legítima, pero la disputa no es siempre conveniente. Puede tener un efecto boomerang. Y el tono elevado o áspero acentuará la intensidad y la velocidad de la réplica. Bastantes expertos ponen en duda la redacción concreta de algunos artículos del anteproyecto de ley y de lo que de ellos se deriva. Conviene atender sus argumentos. Porque lo peor sería que la aplicación de la ley ponga de manifiesto, en su momento, defectos de redacción que abonen decisiones judiciales contrarias a las que supuestamente ahora se pretende generar.

Con un efecto añadido: que se pueda alentar la conclusión de que el feminismo de los hombres de Podemos (ni machistas frustrados ni machotes, por supuesto) se transforme en motivo de desprestigio de las mujeres de Podemos y de las que redactaron el proyecto de ley. Es decir, que el verdadero machismo encuentre en esta disputa un argumento o un boomerag. En fin, un pan como unas tortas.

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