Del dolor a la venganza sin justicia

Cada vez me estremecen más el dolor y el sufrimiento. Sin embargo, cada vez me identifico menos con los que exigen, para quienes los provocan, penas o castigos sin piedad. El mal causado está ahí, irremisible, trágico; un tormento que reclama compasión; con las víctimas, pero no solo. La causa del mal no se erradica con la sanción, porque casi siempre tiene raíces en la sociedad, en los conflictos que ella genera o que, si no los alentó o justificó, fue incapaz de resolver o prever.

Al otro lado de las lágrimas o del escalofrío que provocan el asesinato, la explotación o el abuso se encuentran complicidades que no se tienen por delictivas. El castigo del asesino, del malhechor o del explotador exonera a muchos colaboradores del criminal, del abusador o del negrero; incluso a valores o criterios que la sociedad asume. La condena, así, tiende a convertirse en venganza.

No se trata de abogar por la impunidad del delincuente, sino reclamar la responsabilidad de los cómplices, de una sociedad que alienta la desigualdad, la marginación, los privilegios…

Solo cuando se reconocen las culpas colectivas o, al menos, la incapacidad e incluso la impotencia de la sociedad para acabar con el dolor y el sufrimiento de tantas víctimas empieza a ser posible la justicia.

Artículo anteriorComprender también requiere leer
Artículo siguienteInfluencers bajo el microscopio