Una tras otra, las elecciones abocan a una reflexión: el PSOE está tocado, muy tocado.

– ¿De muerte o en fase terminal?

– ¿No hay otra?

La socialdemocracia ha perdido sus referencias. Carece de una propuesta que encandile y, sin convencer, la izquierda no puede ganar. Se basa en valores y no solo en intereses, aunque en muchas ocasiones esos valores y esos intereses aparentemente contrapuestos muchas veces coincidan. Hay gente sabia que proclama y demuestra, por ejemplo, la mayor eficiencia de las sociedades igualitarias frente a quienes proclaman, sin ambages (republicanos, pp, el sistema global en el que vivimos), el superior valor social de los ricos. Se puede decir de otra manera, pero, en el fondo, es eso.

La caída del muro más el thatcherismo y el reaganismo acabaron con la propuesta que la socialdemocracia europea había construido o trataba de asentar, según los casos. El seísmo sepultó a la izquierda clásica, descalificada por la ineficiencia de sus avalistas y sin habilidades para el nuevo espacio político, diseñado y dominado por sus más radicales adversarios. Los socialdemócratas trataron de acomodarse al nuevo tablero: surgieron movimientos que trataban de aunar eficiencia económica y solidaridad, aunque cada vez más despistados (la tercera vía o el zapaterismo, por mencionar dos próximos), a medida que se confirmaba que eran otros los que marcaban el terreno de juego, establecían las reglas e incluso arbitraban el partido.

La desregulación de los mercados añadida a la globalización relegó a la socialdemocracia a un papel de comparsa. Su discurso avalaba la pluralidad, pero no atacaba el poder cada vez más omnímodo de los verdaderamente poderosos. La crisis económica, secuela lógica del sistema imperante, ha arrojado a los socialdemócratas a la indignación o al silencio; es decir, a la impotencia del propio infortunio.

Desde la perspectiva de la izquierda la situación es grave en extremo. En el mejor de los casos, la socialdemocracia había mostrado capacidad para remar contracorriente con alguna garantía de éxito. A su izquierda algunas voces aportaban, a lo sumo, un lúcido análisis de las condiciones adversas y un programa que rehuía afrontar esas mismas circunstancias, que no por aberrantes dejaban de ser ciertas; en definitiva, un hermoso ejercicio de melancolía.

Desnortada la socialdemocracia en las aguas turbulentas de una crisis aniquiladora, sus seguidores se dividen: unos tratan de conservar los restos y la memoria de lo que fueron, otros buscan lugares de acción para canalizar su enojo y un tercer grupo se siente merecedor del reposo o del hastío. Hay más, pero son menos.

Hay quienes advierten brotes verdes en el renacer de movimientos espontáneos y reivindicativos o de oposición menos articulada para seguir confiando en el futuro de la izquierda, pero quizás no sean más que los coletazos del animal herido, el estertor de lo que fue un hermoso dragón ya moribundo. En muchas ocasiones les asisten la razón y muchísimas razones, está bien lo que dicen, pero como organización política solo sirven para protestar. Y si no hay más, los que gobiernan de verdad, no los que apenas se conforman con dirigir a la policía, saben que se les puede aguantar, que su protesta es un desahogo necesario en una sociedad a la que se han negado los contrapesos o los contrapoderes auténticos.

 

Y en esta tesitura o buscamos el espacio íntimo, minúsculo, donde la utopía de la fraternidad o, si se quiere, de la no explotación y el respeto a los demás y a la naturaleza, o nos ponemos a buscar un proyecto capaz de aglutinar y de atraer a la ciudadanía. Y eso implica un programa global y coherente, siempre revisable y matizable, pero estimulante, que plantee una vía a recorrer a sabiendas de ese sendero, hoy por hoy, está sometido a la vigilancia de quienes controlan el poder. Ya no se trata de conquistar el paraíso, sino de hacer que esta sociedad sea más libre, más igualitaria, más solidaria con los propios y los ajenos, aunque resulte obligado navegar por un cauce que impone eficiencia, productividad e incluso de negociar el peaje que reclaman quienes controlan el río, a sabiendas de que no han renunciado a convertirnos en esclavos. Hay que estar listos, porque el recambio pasa hoy en día por un suicidio masivo.

Para un proyecto así hace falta un partido que represente los valores que defiende. No puede servir un aparato de supervivientes, de militantes en busca de un cargo o un trabajo, de gentes sin un ideal por el que luchar y sin ningún afán por denegar de las monsergas de las sucesivas direcciones empeñadas en el poder a cualquier precio, aunque sea chiquito, sin implicar en el proyecto a los ciudadanos, sin escucharlos ni valorarlos…

Dicen algunos analistas que en la actual tesitura el electoral el PSOE no puede esperar más. Otros afirman que, pese a todo, aún resiste, aunque sea bajo mínimos y seguramente abocado a desangrarse definitivamente en conflictos que él mismo ha provocado, como el debate independentista… No es este un problema del PSOE sino de la izquierda en su conjunto. Y seguramente va a ser necesaria mucha discusión y muchas ganas para alumbrar algo decente contra la inevitable aparición de presuntos poseedores de remedios para sanar al cadáver. Para este muerto sobran curanderos. Así estamos.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.