Quizás no sea verdad, pero hay indicios.

La confianza que los dirigentes políticos depositan en algunos personajes es proporcional al miedo que estos tipos suscitan entre los ciudadanos. El poder que aquellos regalan a actores siempre ocultos entre bambalinas genera recelos en quienes acudieron a las urnas sin saber de esos furtivos que habrían de ocupar, sin necesidad de dar la cara, puestos de máximo relieve en el reparto.

¿Cuánto tiene que ver, por ejemplo, Iván Redondo en la manera de gestionar la crisis del coronavirus por parte del presidente del Gobierno? ¿Qué parte de la agresividad de Isabel Ayuso pertenece a Miguel Ángel Rodríguez? ¿Por qué estos actores están exentos de escrutinio público?

En la política de nuestros días hay personas y cargos que, por la importancia de su actividad en la relación entre el poder y la sociedad, deberían dar cuenta de sus funciones y de sus aportaciones. Puede ser una ingenuidad, pero los ciudadanos tienen derecho a saber que no están manejados por truhanes, como con frecuencia sospechan.

Si no, ¿por qué se esconden?

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