Donde abundan los tontos

En los estadios de fútbol, como en todas partes, hay tontos; no se puede evitar. Eso arguyeron los medios de comunicación tras el palo lanzado desde un fondo de Heliópolis (el estadio del Betis) que golpeó a un jugador del Sevilla. A partir de ahí informadores y comentaristas ratificaron n sin descanso ni matizaciones la afirmación inicial: en todas partes hay tontos. Ninguno incluyó de manera expresa a los medios de comunicación o a sus redacciones de deportes, pero no porque “todos” excluya la excepción sino porque ellos creen pertenecer a la estirpe de los que juzgan, de la casta inmaculada de los que saben.

Sin embargo, parece muy cierta la posibilidad de que haya tontos en todas partes. Es inútil discutirlo. Pero el problema que plantea este caso concreto no radica tanto en la excepción como en la regla. No en el hecho de que se pueda producir alguna enajenación transitoria  o casual entre los personajes que acuden a los campos de fútbol o que ejercen en las redacciones deportivas de los medios de comunicación, sino en la saturación de especímenes alocados en tales ámbitos u oficios. No hay estudios definitivos al respecto, pero da la impresión de que la sobreabundancia resulta irrefutable. Yo mismo estuve durante algún tiempo en ese tipo de redacciones e incluso llegué a ser jefe de una sección de deportes. Conozco, pues, el asunto e incluso me conozco a mí mismo.

De aquella experiencia conservo algunos ejemplos admirables. Pero no conviene personalizar en una cuestión tan genérica y relevante so pena de trivializar el argumento.

El quid de la cuestión se encuentra en esta hipótesis: el extraordinario interés por el deporte en nuestra sociedad ha desarrollado una creciente malformación de su significado; ha trasladado los valores lúdicos del deporte a la condición o a la categoría de aberración. ¿De qué otra manera puede considerarse el hooliganismo imperante, la excitación desde la que se valora la actividad deportiva, el paroxismo de sus protagonistas (entrenadores, jugadores, dirigentes), la parcialidad de los comentaristas, el afán por la bronca aun a riesgo de negar valor al evento deportivo e incluso al deporte…? ¿Con esos influencers quién puede recomendar a un niño que “aprenda” a practicar un deporte e incluso a ser deportivo?

En el caso del Betis–Sevilla que estimula este dislate basta considerar cómo quienes más debieran invocar a la serenidad y al raciocinio se convirtieron en agitadores. Donde se requería mesura para calibrar el disparate (el derivado de la acción de disparar la barra contra un deportista), brilló la furia, encabezada por quienes debieran tener entre sus obligaciones la mesura; el entrenador del Sevilla, por ejemplo. Dio la impresión de que este personaje, bajo la apariencia de una instintiva queja solidaria con el jugador damnificado, procuraba a toda costa rentabilizar el desmán en su propio beneficio.

Tipos de esta calaña abundan en las canchas deportivas, donde, es cierto, abunda un especimen de gente desnortada, como el director general del Betis que, mientras hablaba por el móvil y caminaba sin moverse prácticamente del sitio, sobaba el artefacto delincuente, no se sabe si con el ánimo de borrar huellas o el de pulir el palo hasta reivindicarlo como objeto artístico. 

En unas pocas líneas no cabe tanta memez, incluida la de quienes trataron de mofarse del agredido  o los que vislumbraron en el incidente carnaza tras la que esconder sus propias responsabilidades.

¿Por qué prolifera tanto cerebro desencajado en estos espacios deportivos, en las canchas o los estadios, y en las redacciones de deportes? La moralina que vomitaban los pontífices del sanedrín futbolero invitaba a ubicarlos en la nómina de agitadores o en el vomitorio reservado a los incendiarios que se rasgan las vestiduras por el fuego que aventan. No pueden pedir sensatez quienes solo alimentan el sectarismo y el encono.

¿Se entiende así la existencia de espacios donde abundan los tontos?

Artículo anteriorLa ficción hace a la realidad irrefutable
Artículo siguienteCocineros del terror