El arma definitiva contra la barbarie

El primer plano es ya un escalofrío. Basta un ruido para comprender la fragilidad de la protagonista. Luego, la película obliga a comprender su conmovedora fortaleza. Y el sentido de su empeño. Maixabel emociona. En muchos momentos resulta difícil contener las lágrimas, pero, sobre todo, la película invita a expresar la solidaridad que Maixabel Lasa provoca.

La declaración de la izquierda abertzale –reconociendo a las víctimas de ETA que “el pasado no tiene remedio”, que “nada de lo que digamos puede deshacer el daño causado, pero estamos convencidos de que es posible aliviarlo desde el respeto y la memoria”, que “sentimos su dolor y afirmamos que nunca debería haberse producido”– ha llegado poco después del estreno de la excelente película de Icíar Bollaín-

Tal vez no convenga mezclar ambos hechos, pero sí cabe considerar los efectos en la sociedad vasca y española de Maixabel, la película, junto a los generados por Patria, la novela de Fernando Aramburu llevada a las pantallas por Aitor Gabilondo. Ambos trabajos muestran el camino, consecuencia de una actitud, a favor de la convivencia. Ambos trabajos ponen de manifiesto que, más allá de los asesinatos, irreparables, el terrorismo gangrenó la convivencia en la sociedad vasca.

Si ese era el centro de la novela de Aramburu, Iciar Bollaín ha puesto el foco en Maixabel Lasa, la víctima, como símbolo personal o icono impulsor de la única arma definitiva contra la barbarie: la inasequible voluntad de escuchar y razonar, que aboca al enemigo a su propio desarme moral, el que reconoce Ibon Etxezarreta, el asesino ahora arrepentido..

Estas reflexiones pueden esconder el análisis estricto de la obra cinematográfica o minuvalorar el trabajo excelente de dirección e interpretación (Blanca Portillo y Luis Tosar), pero insisten en el valor público de determinadas acciones culturales. Maixabel Lasa y quienes la acompañaron en su propósito de escuchar a los asesinos de sus propios familiares, han encontrado en Maixabel un amplificador excepcional y merecido.

A diferencia de Patria –una obra formidable que, sin embargo, provoca controversias en una Euskadi socialmente aún dividida–, Maixabel encuentra en la emoción de sus argumentos una razón irrefutable. Y en ese sentido amplía la propuesta que abrió Patria.

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