El buen entierro imposible

Mala noticia: “La Fiscalía prepara el cierre de las tres investigaciones abiertas a Juan Carlos I”. El titular añade:  “La imposibilidad de perseguir delitos anteriores a la abdicación en 2014, las dos regularizaciones fiscales, la prescripción y la falta de otras pruebas evitan la presentación de querellas contra el rey emérito”.

Podrían haber resumido: “Juan Carlos I quedará para siempre bajo sospecha”. Nadie podrá evitarlo si la Justicia esquiva la responsabilidad de un rey que, según él mismo confiesa, ya piensa en su propio entierro.

¿A quién le va a caer el muerto? ¿A su hijo, acaso? ¿Al gobierno en ejercicio? ¿A la sociedad burlada?

Por mucho que el tal Juan Carlos I –últimamente, el emérito– diga que en España se entierra muy bien, a él, en particular, se le va a enterrar muy mal. En el mejor de los casos, con buena parte de la sociedad española acordándose de su ascendencia y otra, de su descendencia. Tal vez, si se quiere, sin objetividad ni ecuanimidad, porque para ese juicio moral y social, faltan certezas y sobran sospechas. Con aquellas, las certezas, aunque parezca harto improbable, cabría el perdón o , al menos, el contrapeso de unos y otros elementos evaluables. Con estas, las sospechas, no.

En la situación más benévola para el monarca dimisionario la desconfianza arruina cualquier juicio, lo ensombrece sin remedio. A un delincuente se le puede reconocer su buen corazón. Al sospechoso de haber delinquido no le redime ningún mérito; el sentimiento de impunidad abruma. Cualquier elogio será corregido con la consiguiente consiguiente puntualización adversativa.

El «pero» de las falsificaciones y las falsedades, de su vida íntima y sus negocios, de sus aficiones y su desprecio a la sociedad que le encumbró… Ese es el problema: el juicio emocional y colectivo, incluso el de los más adeptos, le negará la posibilidad del mérito. Malo, muy malo, para un buen entierro.

 

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