Ha llegado el calor. Y de repente el tiempo parece aletargado. No por el estío, que esta vez tardó en aparecer, sino por el cansancio. Hemos vivido unos meses entre la furia y el desasosiego, entre el horror y la tragedia. El coronavirus, a un lado; la tensión social y política, al otro. La incertidumbre y el miedo frente a la pasión y el enojo. De repente, los los sofocos del verano. Y el cuerpo ha dicho basta.

El calor nos ha derrotado. ¡Qué falta hacía!

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