Las risas y los llantos venden más. Así titulaba Miguel Ángel García Vega, hace unos días, un reportaje publicado en El País. Tras una serie de declaraciones de expertos, de datos estadísticos y de ejemplos varios, concluía que “las empresas recurren cada vez más al marketing emocional para vincularse con la sociedad”. El artículo se insertaba dentro del suplemento Negocios, en las páginas dedicadas a empresas&sectores. O sea, economía pura y dura.

No lo parecía. Las mismas razones e idénticos criterios se aplican a la comunicación en general y a la política en particular, donde el marketing se ha impuesto a la ideología y a los programas. El lenguaje de la publicidad se ha convertido en hegemónico en todos los ámbitos de la sociedad contemporánea. A ello han contribuido decisivamente los medios audiovisuales y, después,  las nuevas tecnologías, cuyo uso reduce los argumentos a la frase simple con tintes ingeniosos, en el mejor de los casos.

Para colmo, la tertulia televisiva se ha convertido en paradigma del debate público. La bronca ahoga al raciocinio; el asentimiento impulsivo, a la reflexión crítica; las bajas pasiones, al argumento.

¿Sin cambiar esa realidad se puede cambiar alguna otra de las nos importan a todos?

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