Cuando llegamos a RTVE, año 2007, primera corporación RTVE elegida por el Parlamento, acuñamos una expresión que simbolizaba el cambio: “Antes, un presidente de gobierno podía conocer (y nombrar) en una sola legislatura a tres directores general de RTVE; ahora, un presidente de RTVE puede conocer hasta tres presidentes de gobierno”.

No era un farol, podía ser verdad. A los directores generales los nombraba el gobierno a dedo y venían durando, por término medio, año y medio; es decir, en cuatro años, tres directores generales. Por el contrario, a los presidentes de la corporación (nueva denominación del cargo) el Parlamento los elige para un mandato de seis años; es decir, el que había entrado en 2007, último año del primer gobierno Zapatero, podría continuar durante otra legislatura completa y el primer ejercicio de una tercera: tres posibles presidentes del ejecutivo.

Sin embargo, la realidad no ha variado. En 2007, un presidente de RTVE; en 2010, otro; en 2011, un tercero, y en 2014… está a punto de llegar el cuarto.

El símbolo del cambio que acuñamos ha resultado más falso que Judas. Y no solo el símbolo. Hasta el propio cambio, que se alumbró en los orígenes de los nuevos tiempos, se ha convertido en impostura y descalabro.

¿Cómo  creer, pese a su necesidad extrema, en una televisión pública?

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