«El caso Fischer». Edward Zwick, 2014

    Eine globale Leidenschaft: Beim Schachtunier mit Zuschauern

    PEONES EN EL TABLERO MUNDIAL

    373920.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxEl estadounidense Bobby Fischer (1943-2008) pasa por ser uno de los mayores genios de la historia del ajedrez, sobre todo después de su sonada victoria sobre el ruso Boris Spassky en el campeonato mundial celebrado en Reikiavik en 1972. También tuvo fama de ser un individuo de carácter endiablado, si no directamente paranoico en términos clínicos, con unos últimos años de vida particularmente penosos, entre detenciones, encierros y exilios interiores y exteriores.

    Esta película del veterano cineasta Edward Zwick, procedente de la televisión y con una decena de largometrajes en su haber, sigue con detalle la parte central de la biografía de Fischer, reflejando superficialmente la primera y reduciendo la última a una serie de rótulos descriptivos de su caída en desgracia definitiva.

    El título original, Sacrificio de peón –jugada en la que uno de los contendientes entrega a su rival una pieza menor para conseguir beneficios posteriores– explica mucho mejor que el español lo que quizá sea la clave misma de la historia: Fischer, como por otra parte y en un contexto muy diferente el propio Spassky, fueron en realidad meros peones en la batalla ideológica, la llamada Guerra Fría, entablada entre Estados Unidos y la Unión Soviética para demostrar la superioridad de sus respectivos sistemas económicos y políticos.

    Pawn SacrificePor eso, entre otras cosas, llama la atención que el filme sugiera de forma bastante simplista que el trastorno mental del personaje procedía de la no-educación impartida por su madre, izquierdista de origen judío y habitante en Brooklyn en la época más dura de la tristemente famosa caza de brujas anticomunista, y no haga el mismo hincapié en los efectos letales de la paranoia colectiva imperante en su país en aquellos años. No se sabe muy bien si Fischer era plenamente consciente de ser un instrumento manejado desde el poder, obsesionado como estaba con el éxito, pero también con la idea de ser víctima del espionaje, la persecución y hasta los intentos de asesinato por parte de los rusos. Que, por lo demás, son presentados de una forma caricaturesca al estilo de los comisarios políticos de Ninotchka (1939), de Ernst Lubitsch, a Uno, dos, tres (One, two, three, 1961) y otras comedias de aquel largo periodo.

    DF_01817.CR2

    En cuanto a la realización, Zwick y sus guionistas se enfrentan al problema que supone tener que concentrar la atención y la tensión del relato en el enfrentamiento entre los dos colosos ante un tablero, cuando se supone que la mayoría de los hipotéticos espectadores no conocen suficientemente el funcionamiento del juego. Quizá por eso recurren a un amplio abanico de efectos que lastran la acción tratando de hacerla emocionalmente comunicativa para el público en general: abundancia de primerísimos planos y detalles del rostro de los distintos personajes, juegos de enfoque y desenfoque en tomas subjetivas del protagonista, tratando de expresar su manía persecutoria, alternancia de cámara lenta y montajes sincopados, subrayados por una música machacona y estridente. Con alguna trampa incluida, como cuando se nos presentan como reales los sonidos distorsionados y amenazadores que el ajedrecista cree oír en su delirio. A destacar, en cambio, el excelente tratamiento aplicado a las imágenes actuales para que parezcan de archivo, concluyendo con algunos planos fugaces del auténtico Fischer muy envejecido.

    Allerhöchste Konzentration: Boris Spasski (Liev Schreiber) bei der Schachweltmeisterschaft 1972 in Reykjavík.

    El guion, por su parte trata de presentar ese delirio como progresivo y cada vez más omnipresente, aunque el citado segmento central del filme resulta a veces demasiado repetitivo en sus síntomas. Pero, con independencia de su fidelidad o no a los hechos –se trata de una película de ficción, al fin y al cabo– y de algunos errores de bulto que los especialistas han señalado, como el hecho de que Spassky hablase con Fischer en medio de una partida, o que los diálogos llamen siciliana a una forma de apertura de partida que en realidad es una maniobra de defensa, El caso Fischer vuelve a poner de actualidad una figura que marcó un hito en la historia tanto del ajedrez como de las relaciones internacionales y a la que el cine se ha referido en más de una ocasión y desde distintos géneros. En este caso, siguiendo diversas andanzas del protagonista, siempre flanqueado por un cura y un abogado que hace las veces de representante y que tienen que sufrir pacientemente los graves defectos de su carácter, siempre obsesionado con su juego y, sobre todo, con el triunfo. Un carácter, por otra parte, cuyos síntomas parece padecer al final el mismo Boris Spassky, con lo que la película acaba sugiriendo, voluntaria o involuntariamente, que los grandes maestros del ajedrez suelen ser proclives a determinados tipos de trastorno mental.

     

    FICHA TÉCNICA

    Título original: «Pawn Sacrifice». Dirección: Edward Zwick. Guion: Steven Knight, Stephen J. Rivele y Christopher Wilkinson. Fotografía: Bradford Young, en color. Montaje: Steven Rosemblum. Música: James Newton Howard. Intérpretes: Tobey Maguire (Bobby Fischer), Michael Stuhlbarg (Paul Marshall), Peter Sarsgaard (padre Lombardy), Liev Schreiber (Boris Spassky), Lily Rabe (Joan Fischer), Edward Zinoviev (Efim Geller), Alexander Gorchkov (Ivo Nei), Robin Weigert (Regina Fischer). Producción: Gail Katz Prod., Material Pictures, MICA Ent., PalmStar Ent. y Saga Films (Estados Unidos y Canadá, 2014). Duración: 114 minutos.

     

    Ver todas las críticas de Juan Antonio Pérez Millán.

    >