El coronavirus nos ha obligado a imponer distancia entre las personas y eso conduce al aislamiento y, en última instancia, a la soledad. Como no se trata de decisiones autónomas, libres, la pandemia tiene efectos –si alguien lo prefiere, puede tenerlos– sobre la salud.

Ninguna situación más evidente que la constatada en residencias de ancianos, aunque esos aspectos secundarios hayan quedado escondidos, e incluso ocultos, tras las miles de muertes de personas acogidas en esos centros. Problemas más fácilmente constatables han desviado la atención sobre los efectos psíquicos de la Covid19. 

En los últimos días y en mis pocas conversaciones con familiares y allegados –no hay más– ha salido esta cuestión a relucir. Lo advierten los padres en sus hijos e incluso en sí mismos. De los abuelos, mejor no hablar: de golpe les han caído un montón de años encima.

Cuanto más cerca se siente el final, las ausencias se tornan más insoportables. El motor, achacoso por mil motivos, pierde gasolina… sin moverse. Y no hay recambio. Es el pesimismo de la razón, que decía Gramsci.

También existen, e incluso abundan, casos contrarios. Alguno de los más animados abueletes vive bajo la espada de Damocles. Conocido el destino, ¿para qué cortarse? Es el optimismo de la voluntad, que decía el mismo.

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