Cuando los responsables públicos sólo pueden transformar las condiciones de vida de sus conciudadanos dentro de los límites que otros establecen, ¿qué es mejor o más útil: forzar los márgenes de lo posible, aun a riesgo de defraudar las expectativas de quienes confiaron en los cargos electos, o regresar al activismo social para impulsar transformaciones similares sin cargar de pesimismo a los ciudadanos que persiguen mutaciones netas, sin recortes?

Isaac Rosa plantea esta cuestión, verdaderamente interesante, a propósito de la actividad municipal de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. En términos más generales su escrito recuerda el dicho popular que constata la diferencia entre predicar y dar trigo, sugiriendo que, a veces, importa más la reclamación y la presión que la gestión del reparto de lo exiguo, porque con aquéllas se puede reducir la escasez, la clave del problema.

La reflexión merece la pena.

enga_04Cabe acometer una deliberación parecida desde otra perspectiva, quizás menos radical, también menos maniquea, en la que los actores políticos puedan argüir su honestidad y en la que los ciudadanos podamos entender la verdadera dignidad de la acción pública. Paul Krugman propone, por ejemplo, que “las buenas ideas no tienen que venderse como si fueran un cuento de hadas”. O de manera aún más relevante, que “el realismo es, o debería ser, un valor progresista fundamental”.

En estos días en que Yanis Varufakis nos ilustra con unos discursos tan lúcidos como pretenciosos y en los que el debate y las negociaciones políticas se dirimen entre lo necesario y lo posible, se echa en falta esta máxima. Sin saber qué se puede ofrecer y qué se puede esperar sólo es posible engañar a la gente en su propio nombre o, si se quiere, tomar su nombre en vano, una expresión que nos remite a las tablas de la ley y a uno de los principios morales inviolables cuando se refieren a la divinidad y casi irrelevantes cuando se trata de los derechos ciudadanos.

564846_106106281_16789-424971174241803-760339131-n_H194755_LEsa es una de las claves de la política. Las promesas políticas son un engaño cuando quienes las propugnan, sabiéndolas falsas, lo hacen para confundir a los votantes y conseguir su adhesión. Y son también un engaño cuando, aun pareciendo necesarias, resultan inasibles, porque la realidad –un conglomerado muy complejo de hechos y circunstancias que no es posible desarticular con las armas de la democracia posible– impone sus propias normas; quien las prometió o tenía que saberlo o debió quedarse callado y en casa.

El engaño programado es fruto de la desfachatez y el engaño ignorante, de la irresponsabilidad. Y frente a ellos solo caben el desprecio y el enojo.

En eso estamos. Y así nos va.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.