A propósito de las nuevas condiciones que Europa impone al gobierno griego y, sobre todo, a todos los ciudadanos helenos.

Se pueden comprender los errores que surgen de la necesidad o de la desesperación. Grecia se encontraba en esa tesitura. Añadir culpas a la impotencia no alivia, solo induce al suicidio; no resulta sensato, porque no resuelve nada.

Se pueden criticar los errores que brotan de la torpeza o de un cálculo equivocado. Syriza y Tsipras debían conocer el marco en el que disputaban la negociación con las “instituciones”. Ahí no se evalúan las razones, pero se castigan los modales. En su envite el nuevo gobierno heleno perdió la confianza fuera y la puso en riesgo, dentro. ¿Cuestiones menores?

Los errores no se computan, desaparecen, en el lado oscuro de la fuerza, donde la razón se confunde con la capacidad de imponer la propia voluntad; lo cual no equivale a estar en lo cierto. El error se transforma en agresión, en pura violencia; no puede ser comprendido ni disculpado. Eso explica la gravedad del reto que ha asumido la Unión Europea: le pertenece toda la responsabilidad del posible fracaso de este órdago inclemente.

Por eso ahora está obligada a salir de su propio atolladero, a aliviar la carga de Grecia y a cambiar el rumbo de unas relaciones basadas en la desigualdad y negadas para la cohesión.

Los últimos meses han puesto en evidencia esta realidad extrema. La Unión Europea que fue necesaria y parecía estimulante, ha devenido en pesadilla incluso para quienes hasta ayer confiaban en su aliento protector. Hoy ese amparo se ha transformado en amenaza. Y no sabemos a dónde o cómo huir.

Llegados al punto en que Tsipras y Syriza han asumido las condiciones que no querían y a las que se opusieron, solo la marcha hacia adelante del socio griego y de la Unión podrá legitimar un proceder tan desmedido.

Se ve tan lejos…

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.