Ha muerto Julio Anguita. Como es habitual en este país que tan bien entierra a sus muertos –cuanto más denostados en vida, mayor el panegírico post mortem–, llega el momento de la hagiografía. Tal vez no sea esta la mejor manera de honrar a los que se van, porque se los condena, a medio o largo plazo, a una revisión implacable; así suele ser. Del blanco al negro para volver al blanco que regresará al negro. Si hubiéramos empezado por los grises…

Por eso sorprende la primera necrológica que encuentro publicada. La firma Javier Rivas en El País. Desde su título, Las sombras del califa, anuncia una mirada diferente respecto de las habituales reseñas laudatorias, propias de familiares o amigos, pero ajenas a quienes pretenden biografiar a personalidades complejas en entornos difíciles.

Pronto encuentro otras reseñas de gente más allegadas, en el terreno personal o ideológico, dignas de atención y respeto, como la de Antonio Maestre, El faro que guiaba cuando dejó de brillar, publicada en La Sexta; la de Alberto Garzón o sus correligionarios, Alberto Garzón y Enrique Santiago, o la menos apasionada de Antonio Elorza, resumida como Negar lo existente.

Desde hace décadas he mirado a Julio Anguita a través del mejor retrato que conozco. Lo firmó Manuel Vázquez Montalbán y lo incluyó en sus Almuerzos con gente inquietante, un compendio de entrevistas memorables, entre las que destacaba, por encima de todas, la que no pudo hacer al camarada Anguita. A ese retrato alude también Antonio Maestre.

En síntesis. Rondaba el año 1983. El alcalde cordobés había convocado al escritor a un encuentro y a la correspondiente entrevista. Por unas u otras razones, consumado el desplazamiento de Vázquez Montalbán desde Barcelona a Córdoba, el encuentro y la entrevista se fueron posponiendo hasta la cancelación final. El entorno –así se dice ahora– del corregidor fue justificando cada plantón porque al compañero Anguita le habían surgido otras urgencias, siempre relacionados con asuntos internos del partido.

Entre convocatoria y desconvocatoria Vázquez Montalbán fue anotando sus expectativas y sus informaciones en relación con el personaje, trufadas con las peripecias que rodearon la entrevista que nunca existió. Al final, una vez aceptada la inutilidad del desplazamiento y el irremediable regreso a Barcelona, MVM concluía –cito de memoria– invitando a los cordobeses, pese a todo, a seguir votando a Julio Anguita, porque “solo él puede hablar directamente con Dios”.

Julio Anguita quedó para siempre unido a aquel retrato. Su discurso y su actitud marcaron un estilo y un discurso poco frecuentes en el ámbito de la política patria, entre lo pedagógico y lo sublime. Algunas decisiones políticas se desarrollaron a ras de tierra. En un trienio lleno de complejidades (de 1993 al 1996) transitó por vericuetos sinuosos junto a aliados repudiables. Renunció a la política activa y al sueldo vitalicio. Acabó honrándose a sí mismo convertido en profeta de la nueva izquierda.

A sabiendas de que solo él podía hablar directamente con Dios.

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