El novel que llegó a Nobel

La editorial Alfaguara ha puesto prologo al centenario del nacimiento de José Saramago (1922) con la publicación de La viuda, la primera novela del escritor portugués que murió en Tías (Lanzarote), refugio de sus últimos años. Una novela que, concluida en 1947 –cuando el que habría ser premio Nobel apenas contaba 22 años–, los lectores en español no habían podido leer hasta ahora. Una novela que cabe considerar como un verso suelto en la obra de Saramago, porque su siguiente trabajo se publicó 30 años después, cuando ya había alcanzado los 52. Una novela, por tanto, aislada del conjunto de la producción del escritor de Azinhaga, aunque plenamente integrada en el contexto original de la ruralidad y en los albores de la configuración de la mirada extraordinaria que define al escritor luso.

En estos casos conviene entender y valorar la novela  como el preludio de nada, sino en sí misma, aunque el contexto invite a buscar referencias, más propias –tal vez– de un saltimbanqui que de un mero admirador de la obra y la personalidad de José Saramago. La viuda no anuncia al premio Nobel ni al referente social y cultural que fue y aún sigue siendo. Se trata de un texto tal vez irregular, que se lee con evidente gusto e incluso con cierta admiración ante la construcción de una obra que, desde luego, tampoco delata al veinteañero.

Quizás lo más discutible haya que situarlo en algunos diálogos que, más literarios que verosímiles, sea apartan de la verosimilitud que proclama el relato. En todo caso, nada fuera de lo inevitable, en un trabajo que admira al lector hasta obligarle centrar su mirada en la lectura sin distracciones comparativas ajenas a la realidad de la ópera prima que devino en póstuma.

Para empezar, La viuda retrata un mundo rural sin más pretensiones que el reflejo de la realidad, en la que conviven amos y criados, personajes comunes junto al médico y el cura, los vecinos y los niños. Entre ellos se desarrollan relaciones de simpatía y afinidad, de recelo y desconfianza, de odio y admiración y, sobre todo, normas que asumen de diferente modo y que, por ello, invitan al respeto que merece lo  interpretable, lo que no es unívoco. El mundo y el tiempo de La viuda son los de una época, pero la mirada del autor la trasciende; la descripción se ajusta a una realidad reconocible, sus personajes no se acomodan a la sumisión o el clasismo de una sociedad limitada y agrícola. Lo importante en ese decorado son las personas y las diferentes respuestas que ellas generan ante lo que se sucede.

La novela, a la postre, interesa en sí misma. Y el lector se desprende de la sombra que el conocimiento del autor proyecta sobre la interpretación y su valoración. Por allí aparecen alternativamente el sometimiento de los criados, el poder de los señores, la complicidad de la intelectualidad y la clerecía, las convenciones y las creencias de la época, el peso de la culpa y el pecado, cierto fetichismo, los chismes y la maledicencia de una sociedad cerrada.

El paisaje adquiere un valor que envuelve la realidad de una atmósfera íntima. En ella se mueve la protagonista, hija de un padre leído y turbio, esposa de un marido conciliador y pragmático, que se desarrolla entre las obligaciones y el deseo, el poder y la impotencia. Ese es, tal vez, el mayor mérito de La viuda, una novela nada lineal de un escritor casi adolescente, que tardó 30 años en publicar su siguiente trabajo.[1]

[1] Claraboya, escrita en el intermedio de ese periodo, no llevó a publicarse hasta mucho más tarde).

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