«Ricki». Jonathan Demme, 2015

El prestigio del que un día disfrutó el veterano cineasta estadounidense Jonathan Demme, gracias a títulos tan populares como El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, 1991), Philadelphia (1993) o, en menor medida El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 2004) y otros títulos, ha venido diluyéndose entre episodios para series de televisión –dos de ellos, por ejemplo, en la muy considerable The Killing–, videoclips y documentales sobre todo musicales, que tampoco parecen haber alcanzado en su mayoría la calidad de aquel innovador Stop Making Sense, consagrado en 1984 al grupo «The Talking Heads».

Esa doble dedicación queda claramente de manifiesto en su nuevo largometraje de ficción, Ricki, nombre artístico de una mujer ya sexagenaria que siempre deseó ser una estrella del rock y ha acabado trabajando como cajera en un supermercado, al tiempo que toca y canta en un tugurio de mala muerte con su grupo «The Flash», tan crepuscular como ella misma y como la mayoría de los clientes del local. Demme rueda con gusto y eficacia la media docena de canciones de Ricki y los suyos, mientras el resto de la historia se arrastra cansinamente, desde el punto de vista cinematográfico, con planos convencionales y sin garra, salpicados por algunos movimientos de cámara que el director quizá considere de autor pero que resultan de una banalidad sorprendente, como tantos otros recursos visuales y sonoros de una narración plana y poco atractiva.

El citado resto de la historia se divide, a su vez, en dos líneas claramente diferenciadas. La que se supone central gira en torno a la vuelta de Ricki al hogar de la que fuera su familia, cuando se entera de que su hija Julie ha sido abandonada por su marido y atraviesa una profunda depresión. Así veremos a una Meryl Streep pasada de vueltas, ataviada con cazadora de cuero y lentejuelas y peinada con unas ridículas trencitas a la derecha y un molesto mechón de pelo rubio tapándole constantemente el ojo izquierdo, que acude solícita al encuentro de un marido ahora rico, Pete –insípido y simple comparsa Kevin Kline–, un hijo que la recuerda con cariño y otro homosexual que la odia de todo corazón, y la tal Julie, interpretada por Mamie Gummer, su hija también en la vida real y a todas luces demasiado mayor para dar vida a esa esposa abandonada que se comporta como una adolescente pasota, provocadora y desaliñada.

Frente a ese ensayo en gran medida fallido de reagrupamiento familiar, donde son inevitables los choques con la nueva esposa de Pete, que por si faltaba algo es negra, como negro es el supervisor del supermercado que vigila de cerca a Ricki –detalle que no puede ser casual, dado que esta se confiesa republicana, es bastante reaccionaria y lleva tatuada en la espalda una enorme bandera yanqui–, hay otra línea de acción que está compuesta por las relaciones de la protagonista con Greg, integrante de su banda, enamorado de ella y que la ayuda a componer las escenas de amor menos creíbles de toda la cinta, si excluimos un final del tipo «tó er mundo é güeno» que sacaría los colores de vergüenza al más descarado de los directores comerciales del cine más conservador de Hollywood.

Ahí parece haber acabado un cineasta que en tiempos despertó cierto interés, que parecía contemplar la realidad circundante con una mirada crítica y que ha envejecido de forma lamentable. Porque todo en Ricki es viejo, rancio, desde el tema y la forma de desarrollarlo al estilo de la dirección y a unos personajes demasiado mayores para representar lo que se supone que debían representar, incluida una Meryl Streep convencida de que puede con cualquier papel y que aquí queda desbordada por un perfil de personaje imposible. Igual que una guionista, Diablo Cody, especialista en dibujar mujeres complejas, atormentadas, llenas de matices, y que en esta ocasión desbarra, demostrando que quizás ha sido demasiado o demasiado pronto sobrevalorada. Se ha dicho que los viejos rockeros nunca mueren, pero es evidente que algunos envejecen mal, y si da grima ver a varios de los de verdad contoneándose artríticamente sobre escenarios de guardarropía –todo sea para que el negocio no decaiga–, aquí resulta penoso ver a un director conocido, una guionista de fama y unos intérpretes célebres tratando de dar vida a lo que está muerto desde el planteamiento mismo de la historia. El ocaso, en esta ocasión, ha resultado inexorable.

 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: «Ricki and The Flash». Dirección: Jonathan Demme. Guion: Diablo Cody. Fotografía: Declan Quinn, en color. Montaje: Wyatt Smith. Intérpretes: Meryl Streep (Linda / Ricki Rendazzo), Kevin Kline (Pete Brummel), Mamie Gummer (Julie), Sebastian Stan (Joshua), Rick Springfield (Greg), Audra McDonald (Maureen), Charlotte Rae (Oma), Lisa Joyce (Nicole). Producción: Clinica Estetico, LStar Capital y TriStar Pictures (Estados Unidos, 2015). Duración: 101 minutos.

 

Más información en programadoble.com, el blog de Juan Antonio Pérez Millán.

 

 

 

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